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lunes, 21 de agosto de 2017

Cómo explicar un atentado terrorista a los niños


Hoy escribo estas líneas con el corazón roto después del atentado yihadista que ha sufrido mi querida Barcelona. Mi Barcelona, mi ciudad, parte de mi identidad. Cuando se acaba de conocer que la policía ha abatido a tiros al único terrorista que permanecía fugado y que, según parece, era el autor material del atropello mortal de Las Ramblas.

Las redes sociales, la televisión, la radio, las conversaciones entre familiares, amigos, en la calle... no versan sobre otro tema. Los niños están, inevitablemente, expuestos a conocer esa información; es prácticamente imposible preservarlos, sobre todo a partir de cierta edad en que el móvil con acceso a Internet es un apéndice casi indivisible de sus manos.

Cómo explicar a nuestros hijos algo que nosotros mismos no entendemos. Cómo explicarles algo que nos causa tanto miedo, tanto dolor, tanta rabia, incomprensión e impotencia. Es más, ¿es necesario explicárselo?

La respuesta es sí. En la amplia mayoría de los casos, es mejor hablar de ello que evitarlo.

Desde mi humilde experiencia como psicóloga y apoyándome en algunos textos sobre especialistas que he leído, me atrevo a daros algunas recomendaciones para hablar con vuestros hijos (u otros niños) sobre este tipo de experiencias (adaptándolas, también pueden servir para explicarles otros incidentes trágicos, como la muerte de un ser querido, accidentes, incendios, etc.).

1. Protege a los más pequeños

Si el niño es muy pequeño, menor de seis o siete años, es probable que no se haya enterado demasiado de lo que ocurre, así que, aprovecha esa oportunidad para mantenerlo en su bendita inocencia, ya que, a esa tierna edad, los niños son particularmente influenciables por experiencias que les causen miedo. Si pregunta o hace alguna referencia, contesta con términos generales y una comunicación no verbal que le infunda tranquilidad y seguridad, algo que transmita el mensaje de que "ha pasado algo muy malo" pero que "ya está todo controlado", que no tiene por qué preocuparse.

2. Con los mayores, habla sobre ello

Con los niños más mayores de esa edad, en general, es mejor abordar el tema que caer en los pactos de silencio. La creencia de que es mejor evitarles el sufrimiento o la preocupación y hacer como si nada hubiera pasado, convirtiendo el tema en algo tabú delante de los niños, puede ser contraproducente ya que, como he dicho, es prácticamente imposible que vivan ajenos a la noticia, y el hecho de no obtener una explicación sobre lo ocurrido de su entorno más inmediato les generará incertidumbre y angustia, así que buscarán una explicación en otras fuentes (no siempre fiables ni buenas para su bienestar psicológico) o, directamente, se la inventarán, con los riesgos psicológicos que eso comporta (por ejemplo, puede creer que estamos en guerra).

3.  Cuanto más vínculo afectivo, mejor


Para dar este tipo de noticias o explicaciones, lo más adecuado es que lo hagan personas muy cercanas al niño, que sean importantes y significativas para él (padres o cuidadores principales, abuelos, profesores...), ya que eso aumentará su sensación de seguridad. Aparte, las personas más cercanas son quienes mejor lo conocen, saben de su personalidad, las experiencias vividas, los miedos que tiene, su grado de madurez y comprensión... y, en consecuencia, sabrán cómo y cuándo es la mefjor forma de abordar el tema según el niño.

4. Explícale lo que ha pasado

Explícale con palabras adaptadas a su edad y capacidad de comprensión lo que ha ocurrido, intentando mantener un tono de voz calmado y tranquilo. Es muy fácil dejarse llevar por las emociones que nos producen este tipo de hechos, así que es preferible no hablar con los niños "en caliente", ya que lo que buscamos es transmitirles seguridad y tranquilidad. Con los niños más pequeños, ten en cuenta que es probable que repitan varias veces la misma pregunta, ante lo que se debe dar siempre la misma respuesta, ya que la repetición les genera seguridad. Es probable también que pregunten qué es el terrorismo o un terrorista. La explicación del fenómeno es muy compleja, incluso para los adultos, así que es mejor dar alguna respuesta del tipo "son personas muy muy malas", resaltando lo de "muy" y haciendo hincapié en que hay muy pocas. El niño debe entender que se trata de algo excepcional.

5. Parte de lo que sabe el niño y no des más información de la necesaria

A menudo caemos en el error de hablar mucho y escuchar poco. En estos casos, además, podemos equivocarnos al querer dar toda la información posible para eliminar todas sus dudas o angustias. Lo primero que debes hacer es observar hasta qué punto el niño tiene información y de qué tipo. Si está angustiado, preocupado, confuso... o por el contrario sigue con sus rutinas y emociones habituales. A partir de ahí, se puede empezar abordando el tema (si no lo hace el niño primero) con una pregunta genérica del tipo "¿Sabes lo que ha pasado en Barcelona?". La mayoría de los niños, sobre todo si, como hemos dicho, la interacción se hace con un adulto emocionalmente significativo, ofrecerá información espontánea y hará preguntas. Es mejor ir respondiendo sus preguntas que darle información nueva que el niño no tiene. Y ten cuidado con la información que proporcionas (detalles escabrosos, morbosos, información que les genere inseguridad -por ejemplo, "ha sido al lado del dentista dónde vamos siempre"-...).
  
6. Controla y gestiona la información que reciben

Al hilo del punto anterior, controla, en la medida de lo posible, qué información e imágenes reciben, tanto por tu parte, como del medio exterior. Controla el acceso que tienen los pequeños a los medios de comunicación y contextualiza y explica la información que reciben los más mayores, especialmente de las redes sociales, dónde la mayoría de lo que van a leer son opiniones y no informaciones objetivas. Mucho cuidado también con las imágenes y vídeos a los que tienen acceso.

7. No le mientas

Son situaciones muy dificiles, en las que, como especie humana, se agudiza nuestro instinto sobreprotector para con los niños y los más desfavorecidos. En consecuencia, es muy fácil caer en la tentación de ocultarles información, decirles que no ha pasado nada, que es mentira, etc. Es un error. Como hemos dicho, el niño, de un modo u otro, se va a enterar de lo que sucede y descubrir que le has mentido lo único que le va a generar es inseguridad, desconfianza y decepción respecto a ti. Gestiona la información que le das, pero no le mientas. Es muy probable que pregunte si va a volver a pasar o si nos puede pasar a nosotros. Ante la tentación de contestar que no, que esté tranquilo porque supermami o superpapi siempre le va a proteger y a evitar que le pase nada malo, es preferible contestar la verdad: que no lo sabemos, pero que estas cosas suceden muy, muy, muy pocas veces y que ahora la policía está poniendo todos los medios necesarios para que no vuelva a pasar. 


8. Facilita sus sentimientos y muestra los tuyos

Aunque hemos dicho que hay que mantener la calma para transmitirles seguridad, eso no quiere decir que haya que reprimir las emociones, ni las suyas ni las nuestras. Se trata de reconocerlas y expresarlas de manera controlada y adaptativa. Por lo que respecta a las suyas, hay que animarles a que expresen lo que sienten y no reprimirles con frases del estilo "no llores", "tienes que ser fuerte", "no te preocupes tanto, no nos ha pasado a nosotros", etc. Acepta la expresión de sus emociones y consuélalo si llora, con afecto y contacto físico. En cuanto a las nuestras, hay que identificarlas y etiquetarlas: "estoy enfadada", "estoy triste"... Asímismo, no pasa nada por reconocer que nosotros también tenemos miedo o que no entendemos por qué ocurren estas cosas. Al contrario de lo que podría parecer, eso generará en los niños una corriente de empatía y un sentimiento de unidad emocional. 

9. No des mensajes xenófobos

Ante el fenómeno del yihadismo, es muy fácil caer en discursos y mensajes xenófobos en contra del Islam, los musulmanes, personas de origen marroquí o magrebí, etc. Es muy importante no generalizar (se trata de MUY pocas personas que son MUY malas) y transmitir a los niños el mensaje de que los terroristas pueden ser de cualquier etnia, nacionalidad o religión y que sus actos nada tienen que ver con eso, aunque lo utilicen como excusa o justificación.

10. Visualiza lo positivo

Dentro del horror y la barbarie, procura que el niño pueda ver los aspectos positivos, como las vidas que se han podido salvar, las muestras de solidaridad, la unidad de las personas, los actos altruistas...

11. Genera rutina y normalidad

Está sobradamente demostrado que, cuando ocurre un suceso extraordinario, lo mejor para la readaptación psicológica es retornar a la normalidad lo antes posible. Las rutinas ofrecen sensación de control y seguridad, especialmente a los niños. Así que haz que el niño siga con su vida y rutinas habituales, saliendo a la calle, yendo al cole, al parque, a la compra, etc. Sin embargo, será positivo que, durante un período, le dediques más tiempo y una mayor atención: procura pasar más rato con él, escuchas sus preguntas y opiniones y aumenta las muestras de cariño como besos y abrazos.

12. Cierra la situación

Para la readaptación psicológica, es necesario cerrar la situación y resolver el duelo. Para ello, procura, después de los momentos iniciales, no estar continuamente hablando o viendo o escuchando noticias sobre el tema. Dale mensajes que le transmitan que todo está controlado, que las fuerzas y cuerpos de seguridad están haciendo un buen trabajo para protegernos y que todo vuelve a la normalidad. Algunos niños pueden necesitar expresar externamente su duelo y su acercamiento a las víctimas. Para ello puedes ofrecerles distintas alternativas que también deberán ser adecuadas a la edad y características del niño: hacer un dibujo, escribir una carta o un mensaje, poner una vela, participar en una manifestación, colaborar con asociaciones de voluntariado, etc.

sábado, 19 de agosto de 2017

Sí, los muertos de Barcelona me duelen más

Hoy escribo estas líneas con el corazón roto después del atentado yihadista que ha sufrido mi querida Barcelona. Mi Barcelona, mi ciudad, parte de mi identidad.

Porque sí, porque estas muertes me duelen más.

Antes de que me lapidéis, dejad que me explique.

Estos días las redes sociales y los medios de comunicación están que arden, con información y opiniones de todo tipo: verídicas y bulos, objetivas y parciales o partidistas, lo que añade más confusión y más desazón al tema. Además, con el anonimato que da estar detrás de la pantalla, hay gente que escribe gilipolleces o verdaderas atrocidades, como desear o celebrar las muertes por ideas políticas o relacionadas con el fútbol.

Y algunos de esos, dicen que somos unos hipócritas por lamentarnos de los muertos y heridos de Barcelona y Cambrils cuando no nos preocupamos por los cientos de muertos que se producen a diario en otras guerras, atentados, hambre, enfermedades, etc. alrededor del mundo.

A todos esos que habláis sin saber, sólo porque queda muy guay y muy políticamente correcto decir esas cosas, os cuento: una muerte es una muerte; un asesinato, es un asesinato. Pero no todos nos producen las mismas reacciones o sentimientos. Y no es que no nos importen las otras muertes, o que haya muertes de primera y de segunda, ni que seamos hipócritas, egoístas, insensibles o de doble moral. Te lo explica la psicología.

Verás:

  • La identificación es un proceso psicológico que hace que me sienta más cercana y empática con la comunidad a la que pertenezco, a las personas a las que me parezco y veo cada día, que a personas que pertenecen a otras culturas, con las que comparto pocas características, y que viven a miles de kilómetros de mis círculos vitales. Por eso me toca más de pleno un atentado que se ha cometido a 20 km. de mi casa que uno que se produzca a 5.000.  Por eso me afectan más algunas muertes, aquellas que sacuden mi identidad, sea esta social, psicológica, cultural, geográfica, política, de género, sexual... por ejemplo, las desgracias que les ocurren a los niños me afectan más desde que soy madre. Eso es así ¿Me hace eso menos humana?

  • Los seres humanos vivimos diariamente con la ilusión de la invulnerabilidad, una creencia o esquema mental de "a mí/aquí nunca me va a pasar nada" que permite que, la mayoría de nosotros, podamos salir de casa, tomar el metro, subir a un barco o a un avión, conducir, subirnos a una atracción de feria, etc. sin estar pensando continuamente que estamos en peligro. Es absolutamente imprescindible para vivir sin angustia o sin volverse loco. Pero cuando sucede una tragedia en mis círculos más cercanos, esa ilusión se quiebra, nos damos cuenta de que sí que puede pasar "a mí/aquí", en las calles que conozco y frecuento, a las personas que conozco y que quiero. A mí. Y eso hace estallar una de las necesidades más básicas, primarias y universales del ser humano: la necesidad de sentirse seguro. Afortunadamente, esa ruptura, si la elaboramos bien, es temporal, y, poco a poco, se vuelve a restablecer esa mentira de invencibilidad que nos decimos cada día para seguir viviendo en paz. Y ha de ser así. Sería inviable vivir continuamente sufriendo por lo que les ocurre a otros o lo que nos podría ocurrir. Nuestra psique no lo soportaría. De hecho, hay algunas personas a las que le sucede.

  • Cuando, día sí y día también, en los medios de comunicación se nos expone a imágenes e información sobre atentados, muertes, guerras... se acaba produciendo una desensibilización sistemática, es decir, el horror, dolor, miedo... que te produce inicialmente, va disminuyendo por el efecto de repetición. Es como que "te acostumbras" a verlo y "deja de importarte" (nótese bien el entrecomillado), así que sigues cenando y comentando con tu familia cómo te ha ido el día. No eres insensible. Eres humano. Tu cerebro te protege de vivir permanentemente en el horror. De hecho, es la técnica psicológica por excelencia para tratar las fobias, por ejemplo. Si a un paciente le da miedo algo, lo expones repetidamente a eso que le da miedo hasta que se le pasa. Y se le pasa, te lo aseguro.

Y eso por citar sólo algunos. Así que, no es que sea insensible (de hecho, cualquiera que me conozca un poco sabe que, precisamente, de lo que peco, es de hipersensibilidad), sino que soy humana y operan en mí esos y otros procesos psicológicos. Los mismos que explican (no justifican ni disculpan, pero sí ayudan a comprender) cómo alguien de 17 años es capaz de subirse a una furgoneta y embestir a personas ¡a niños! para acabar con su vida. La mente humana es muy compleja.


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domingo, 27 de noviembre de 2016

El día que secuestré el autobús


http://www.ojocritico.com/wp-content/uploads/2013/11/undiadefuria0.jpg 


Imagino que muchos de vosotros habréis visto la peli "Un día de furia", protagonizada por Michael Douglas. ¿No? Bueno, pues esa película trata de cómo una persona, a priori totalmente normal, puede, en circunstancias determinadas, perder un día la cabeza y hacer barbaridades. Pues eso es lo que me pasó a mí hace unos años. Y hoy os lo quiero contar. Para que sepáis que la eximente por enajenación mental transitoria está plenamente justificada!! :-)

Hace unos tres o cuatro años, el servicio de autobús con el que cada día voy desde mi pueblo a Barcelona a trabajar era deplorable. Retrasos, subir a autobuses con goteras y mojarte cuando llovía, que se estropearan día sí, día también, ir de pie en un trayecto de 30 km. por autopista... sí, sí, de pie, a lo jarrai. Lo peor de todo, sin embargo, era que, en algunos autobuses se podía ir de pie y en otros no (la diferencia aún no la sé), y cuando venía uno de los que no, si estaba completo, te quedabas en tierra, a esperar al siguiente, que pasaba a la media hora o los tres cuartos. Eso significaba, muchas veces, llegar tarde al trabajo o de vuelta a casa. Ahora no es que sea mucho mejor, pero al menos hay que reconocer que ha mejorado un poco. Y aunque sea inmodesto, creo que el inicio de esa mejora empezó el día que secuestré el autobús.

Es viernes, las tres de la tarde. He tenido lo que viene siendo un día de mierda en el trabajo. Mejor dicho, una semana de mierda. Me dispongo a volver a casa. Sin comer aún. Tengo el tiempo justo para llegar a recoger a mi hija del colegio y luego, ya si eso, comer lo que pille en la nevera. Hace calor. En la parada del bus, la segunda del recorrido, hay una cola interminable. Yo estoy hacia el final. El bus viene con retraso. Llevamos semanas en las que muchos usuarios nos hemos quedado varias veces sin subir al autobús porque viene lleno. Alguien hace un comentario en voz alta...

- ya verás como hoy viene otra vez el bus pequeño y nos quedamos en tierra...
- pues como hoy me quede en tierra, la lío... - digo yo.

La lío. Sólo dos palabras. Y la que liaron.

Llega el autobús. La cola avanza lentamente. En mi cabeza suena como me quede en tierra, la lío... Justo cuando va a subir la chica que va delante mío, el conductor dice que ya, que se acabó. Oigo el clic en mi cerebro. Aparto a la chica y subo la escalera. El conductor me pide que me baje, que el bus está completo. Y mi boca, que ha cobrado vida propia, pronuncia:

- ¡Pues no me pienso bajar! ¡Ya estoy harta! ¡De aquí no me muevo hasta que no me bajen los Mossos! (es la policía autonómica de Catalunya)

¿He dicho yo eso? Pues sí. Me tiemblan las piernas, las manos, la voz... El conductor me lo vuelve a pedir, y le digo que no, que ya estoy harta de quedarme en tierra, que me deje subir, que llame a la empresa, a la policía o a quién le dé la gana, pero que yo no me bajo de ahí... Algunos viajeros empiezan a increparme. Me dicen que me baje, que ellos no tienen la culpa, que me entienden, pero que tienen cosas que hacer... ¡toma! ¿¿y yo no?? Mi hija me espera y no habrá nadie para recogerla a la salida del cole.

El conductor coge el móvil y llama a la empresa para informar de la situación y llama también a los Mossos. Yo llamo a J...

- estooo, puede que hoy me tengas que venir a buscar al cuartelillo...
-¿cómo? ¿qué ha pasado?
- oh, nada... que no me han dejado subir al autobús y la he líado... no me quiero bajar y va a venir la policía... ¿puedes llegar tú a recoger a I?


Todo de lo más normal. En mi cabeza se repite el mantra ahora no puedo echarme atrás, ahora no puedo echarme atrás. La gente que está en la parada del bus me mira con cara de efectivamente se ha vuelto loca. Por suerte, la chica que estaba delante mío en la cola, a la que he apartado cuál Maru en las rebajas en busca de un abrigo, se ha sumado tímidamente a mi locura, ha subido un peldaño de la escalera y ha dicho ¡yo tampoco me bajo!

En el bus la cosa se está poniendo calentita... Una chica se baja apresurada diciendo que se va a buscar el tren. Un señor, sentado en la tercera fila, se pone de pie, doblada la cintura sobre el asiento delantero, que me da la sensación que en cualquier momento se va a abalanzar a mí como un Tiranosauro Rex y me va a engullir... y empieza a abroncarme ya en serio. A pleno grito, él firme, yo voz temblorosa, mantenemos más o menos esta conversación:

- a ver, señora, que yo la entiendo, ¡pero haciendo esto pierde toda la razón!
- ¡uy! ¿pues no me ha llamado 'señora'? mal vamos, tío... - pues puede ser, pero es que ya no sé qué más hacer, ¡estoy harta!
- ¡pues haga una queja!
- ¡ya he hecho un montón y no me contestan ni me hacen caso!
- ¡pues ponga una reclamación!
- oiga, ya le estoy diciendo que he llamado por teléfono, escrito correos, rellenado hojas de reclamaciones... y nada ¡ni caso!  - aseguro que es cierto, varias quejas por cada vía sin recibir respuesta.
- ¿y a mí que me cuenta? ¡Usted me está secuestrando! - dedo índice amenazador, Rex en plena acción
- otra señora - todos tenemos cosas que hacer... ¡yo tengo que ir al médico!
- ¡y yo, señora! Yo tengo que ir a recoger a mi hija, y tampoco llego... y por la mañana llego tarde al trabajo... yo pago billete igual que ustedes, y siempre me quedo en tierra porque tengo la desgracia de subir en la segunda parada... ¿qué pasa, que hay viajeros de primera y viajeros de segunda o qué?
- ¡pues vaya a coger el bus a la primera parada, como nosotros!
- oiga, ¿pero usted qué se cree, que vengo de compras o qué? Salgo de trabajar y me da el tiempo justo para llegar a esta parada...
- le vuelvo a decir que tiene razón, ¡¡pero que así no se hacen las cosas!! ¡Me está usted reteniendo contra mi voluntad!
madredelamorhermoso, si es que tiene razón... Ay Dios mío, que esta noche duermo en el calabozo... Le digo al conductor que no es nada personal...

A estas alturas de la conversación, no sé si os habéis dado cuenta de que, en el fragor de la batalla, y con los nervios que tengo, ni siquiera me doy cuenta de que podría haber subido al bus y sentarme en el lugar de la chica que se ha bajado para ir a coger el tren... eso si no me hubieran lapidado antes, claro.

http://www.ferrol360.es/wp-content/uploads/2015/10/Un-dia-de-furia-600x330.jpg


Pero yo no veo más allá de mis narices. Y no oigo nada más que mi mantra doble:

- ahora no puedes echarte atrás...
- madre mía Yolanda, la que has líao...

Llevamos ya más de veinte minutos parados en una rotonda, colapsando el tráfico y la vida de unas cuarenta personas. Cuando pienso que Rex va a salir en cualquier momento de su guarida para tirárseme encima, veo que, desde el fondo del bus, avanza por el pasillo un señor mayor, alto, a grandes zancadas... viene con cara de pocos amigos y, cuando está llegando a la puerta, precede su cuerpo con un dedo índice amenazador, ¡este es primo del Tiranosaurus Rex!... Se planta a unos diez centímetros de mi cara... ¡Hostia! ¡Que este me pega!

- ¡¿Sabes qué?!... ¡¿Sabes qué?!
- ¡¡¿Qué?!!
- ¡¡Qué ole tus cojones!! ¡Que muy bien! ¡Ya está bien de que nos tomen el pelo! ¡Te aplaudo! - y se da la vuelta y se va.
- Ah... - joder, ¡¿y no me lo puede decir de otra forma?! - gra... gracias...

Total, que con la tontería y el tira y afloja, ya han pasado casi tres cuartos de hora. Y la policía llega. Una pareja vestida de paisano, como en las pelis... La chica sube la escalera del autobús y pregunta qué pasa. El conductor y yo se lo explicamos y me pide que me baje. Le digo que no quiero, en realidad estoy muerta de miedo, ¡madremía dónde me he metido!  Me lo vuelve a pedir un par o tres de veces, de manera tan sugerente, que le digo...

- si no me bajo por las buenas, me vas a bajar por las malas, ¿no?
- sí

Así que, obviamente, me bajo. El autobús se va. Siento las miradas de los pasajeros clavadas en mi espalda, haciéndome vudú mental. Pero al menos sé que algunos están de mi parte. Lo peor es que, en este tipo de buses interurbanos, siempre vamos más o menos la misma gente... ¡¿con qué cara me subo yo mañana al autobús?!  Eso, suponiendo, claro, que no me lleven al trullo... La poli habla conmigo mientras el chico habla con la pobre ilusa que decidió secundarme. Me pregunta el nombre. Y me derrumbo... ya está, ahora me filia... y me lleva detenida... ¡si es que he secuestrado un autobús! Me pongo a llorar como una niña, pura adrenalina saliendo por mis poros...

Afortunadamente todo acaba bien. La poli buena me hace una reflexión: ¿tú crees que al dueño de la empresa le importa una mierda si te subes o no al autobús? ¿Crees que él viaja en transporte público o que va con su Audi o con su BMW? Tienes que tomártelo de otra manera o buscar una alternativa para venir a trabajar... esto tiene dificil solución...

Y se despide. Simplemente sabiendo que me llamo Yolanda. A los cinco minutos viene el siguiente autobús. Por lo menos he pasado el tiempo de espera entretenida... jajajaja...

PD. me considero una persona mentalmente equilibrada... aunque, bien pensado, eso es lo que dicen todos los desequilibrados... ;-)

jueves, 19 de mayo de 2016

¿Me permites?

- ¿Me permites?
 
Me miras. Stop! Dale al pause, ¡congela esa imagen!

Maaaal. Has empezado mal, chaval. Me has mirado con cara de ¿en serio te vas a sentar a mi lado, vacaburra?

Tú, con tu camisa de Pedro del Hierro, tu reloj de esos modernos de ahora, que no sé cómo se llaman, pero que seguro que te avisa de cuándo tienes que ir a cagar y te dice el peso y la composición de la mierda, finalizando con un mensaje de Hi, Mr. Gilipollas! En el día de hoy deberías comer más semillas de chía. Cindy, tu entrenadora personal, who loves u so much.  

Tú, pequeño y delgado, con las uñas impolutas de manicura cara, tus cascos último modelo sobre la calva reluciente, (lo siento, chaval, ni el dinero puede evitar que se te caiga el pelo) y un cuerpo que dice: eh, mira, nena, que voy al gym!! 

Tú, me miras perdonándome la vida, como si te hubiera hecho una gran ofensa por pedirte que levantes tu culo de pijo de mierda para sentarme en el último asiento libre del bus. Suspiras. Cierras el periódico con parsimonia. Coges, despacio, la mochila negra que descansa en "mi" asiento, me vuelves a mirar como diciendo really? A lo mejor es eso, ¿será que lo que te fastidia es tener que poner la mochila en el maletero de arriba, sola y desangelada? ¿Qué llevas en esa mochila? ¿Miles de euros? Un Ipad seguro. ¿Documentos importantes en los que le jodes la vida a otros? Porque tienes cara de eso, de ser un jodedor. Si no quieres que te molesten, ve a trabajar en tu Audi, o, en el peor de los males, siéntate en el lado de la ventana, imbécil.

Por fin te levantas. Yo, digna, no digo ni mu, cuando debería sacarte los colores delante de todo el bus. Total, ya los tengo acostumbrados a hacer el ridículo. Pero hoy estoy muy cansada; sólo son las 7 de la mañana y ya me siento agotada. Así que me acurruco junto al cristal y pienso en estarme quieta, solamente en no moverme. Rozo tu pierna sin querer. Te remueves inquieto y... ¡ahora sí que la has cagao chaval! pero de verdad... Haces un ruidito de esos de chst, un chasquido de fastidio, de ¡joder con la vacaburra! Bufff... Acabas de despertar la bestia parda que hay en mí. Porque soy intolerante a la prepotencia. No alérgica, sino intolerante. Vamos, que puedo morir a tu contacto. ¿Quién mierda te has creído que eres? Para empezar, me he adelgazado 12 kilos ya, así que por fin ocupo un asiento sin rebosar; si quiero, ni te toco. Segundo, huelo bien. Me gustaría, de hecho, me-en-can-ta-rí-a, que te tocase al lado Mr. Pig. Tercero, mi ropa es tan digna como la tuya, aunque valga una quinceava parte; frase que podemos aplicar perfectamente a la inversa respecto de muestros cerebros.

Imbécil. Me has cabreado. Así que paso al ataque.

Podría no tocarte, pero te toco. Abro mis piernas, de manera que todo mi muslo roza el tuyo. Bajo el culo al borde del asiento, apoyo la cabeza en el respaldo, como si me dispusiera a dormir. 

Otro chst. Bien. 

Ay no, qué incómoda...  me vuelvo a mover, abro más las piernas para coger la bolsa de la comida, que tengo en el suelo. La pongo en mi regazo y empiezo a buscar algo imaginario dentro, abriendo todo lo que puedo el codo izquierdo. Te molesto y lo sé. 

Otro chst. 

Cierras el periódico. Vuelvo a dejar la bolsa en el suelo, abriendo otra vez las piernas todo lo que puedo, y empiezo la misma operación en el bolso, concienzuda, como si me fuera la vida en encontrar algo que no encuentro. Me quito el pañuelo del cuello y lo pongo encima del bolso, igual que un montón de cosas que empiezo a sacar y a colocar desordenadamente entre mi regazo y el tuyo. No te puedes imaginar todo lo que llevamos las mujeres en el bolso, cabrón. Mi codo, en ángulo de 90 grados, dándote en el brazo; el asiento, lleno de cosas; me muevo sin parar... me llevo la mano a la boca en un gesto de ¡oh Dios mío! que en realidad me sirve para ahogar una sonrisa de triunfo.

Tú sigues con tus chst, que se te va a hacer un nudo la lengua, pero eres incapaz de decir nada, porque eres un pasivo agresivo de mierda, lo que yo decía, un jodedor. Consultas tu Iphone, seguramente para saber cuántos minutos de tortura te quedan junto a la vacaburra. Empiezo a guardar las cosas, despacio, yo no tengo prisa. El móvil se me enreda en el pañuelo y se cae al suelo, entre tus pies. Te juro que se me ha caído, pero me alegro. 

- Uy, perdona... (sonrisa hipócrita, que también sé hacerlas). 

Me acuesto sobre ti, intentando cogerlo, aunque obviamente no puedo. Me fulminas con la mirada, pero te obligas a esbozar una mini y tirante sonrisa. Bien, aún te queda un resquicio de socialización. Te tienes que levantar al pasillo mientras yo me tumbo en tu asiento para alcanzar el móvil, contaminando todo tu espacio de mis gérmenes infectos. He despertado todas tus ansiedades. Te pasas el resto del trayecto sorbiendo por la nariz. Re-al-men-te-o-dio-e-so. 

Llegamos a la parada y, cuando ves que cojo la bolsa, por supuesto abriendo mucho las piernas y los codos, te levantas otra vez para dejarme salir. Paso por tu lado y puedo notar toda la energía negativa que desprendes. Estoy tentadísima de pisarte, como colofón a nuestro íntimo viaje. Pero soy más educada que tú. Bastante más.

Son las 7.30 h de la mañana y te he puesto de los nervios. Te jodes. La próxima vez, me permites y punto. Yo, en cambio, me voy con una sonrisa a trabajar.




viernes, 27 de noviembre de 2015

¿Black Friday? ¡Negra, me tenéis!

Venga, ya se ha instaurado una nueva ¿costumbre? norteamericana en nuestra sociedad. Por si no tenía suficiente con ver como Halloween ha noqueado a La Castanyada, o como mi sobrina, catalana que vive en Alemania, celebró ayer el Día de Acción de Gracias (ojiplática me he quedado) , tengo que aguantar que, desde hace tres de años, me bombardeen por doquier con el Black Friday de las narices. Que ya no es "Friday", porque aquí lo hacemos a lo español, y entonces, ¿pa' qué conformarse con reducirlo al viernes y online? No, hombre, no... Black Friday del 26 al 29 de noviembre. ¿Eso no sería una Black Week? Mejor no damos ideas, que en algún escaparate ya lo he visto.

Y por todas partes. Voy por la calle: en cualquier sitio, un cartel, gigante o modesto, en el que se han gastado miles de euros, o escrito a mano, da igual: ¡aprovecha!, 2x1, 30% descuento... Pongo la radio: "...no te pierdas la oferta de Black Friday bla bla bla". Abro el Facebook: ahí están los banners. Leo la prensa: ahí están los anuncios a página completa. Busco en Google: ¡¡holaaaa!! Soy el Black Friiiidaaaay... Mecagonlaputa. ¿Es posible que alguien no se haya enterado? No lo creo. Está en todos los rincones de nuestro país. En todos.


Blas, el del mercadillo de los jueves, también tiene derecho a hacer promociones... :-)
 

Lo que también hacemos a lo español es lo de engañar al pueblo... ¡ven, aprovecha grandes descuentos! Lo que no te voy a decir es que hace un mes que subí los precios para luego dejártelos como estaban, o incluso más caros, y que tú te fundas la tarjeta y encima, contento.

Porque esa es otra. No se llama "Black" por casualidad. El negro es el color de las catástrofes, de lo oscuro, de las noches sin estrellas o los túneles sin salida. De los cuervos. Premonitorio. Porque eso es lo que va a pasar con tu cuenta corriente: ¡una catástrofe! Ah, no, es que yo aprovecho para hacer las compras de Navidad y luego ya no compro nada más... (por cierto, qué casualidad que el Black Friday sea justo un mes antes de unas fechas tan consumistas. Seguro que es puritita casualidad. Como también es puritita casualidad que se haga el último fin de semana del mes, justo cuando te han ingresado la nómina y justo antes de que te carguen la hipoteca y demás gastos). Pero vamos a ver... tú y yo sabemos que ahora vas a comprar un montón de cosas que no necesitas y en los 30 días que faltan para Navidad, vas a seguir comprando cosas que no necesitas...

- Huy, ¡mira! ¡las botas Pacoapellidomolón que lleva la topdeturno!

Ay, no, perdón, que ahora lo que se lleva son las blogueras...

- Huy, ¡mira! ¡las botas Pacoapellidomolón que recomienda MariPuri en su blog!
- Ostia tía... pero es que valen 350 €...
- Yaaaa tíaaaaa.... ¡¡¡pero es que antes valían trescientos cin-cuen-ta-y-u-no!!! ¡me las tengo que comprar!

- Pero Manolo... ¿¿¿dónde vas con otra tele???
- ¡Mira! ¿A qué mola? Una SuperCurve de 60 pulgadas, HD, Full XD, MSD, SD, SDSD y supermegaSD... ¡sólo 5.000 €!
- ¡¡Pero si ya tenemos tele en todas las habitaciones de la casa!!
- Ah... Bueno... ¡pos pa'l baño! Pa' ver El Chiringuito mientras cago...

Locura en estado puro

Lo triste de todo esto es cómo nos manipulan, qué poca capacidad de pensar y decidir que tenemos en realidad... ¿libres? hasta cierto punto. Pero muchas cosas se te acaban imponiendo por presión social, para no ser, o tú o tus hijos, el rarito de turno, como lo de celebrar Halloween, por ejemplo. Me encanta América, muchas de sus cosas. En especial, tiene dos inventos maravillosos, magníficos. Supremos, diría yo: las patatas y el cacao. Peeeero...

Detesto el Black Friday (como las rebajas, por cierto). Todos a comprar como borreguitos, que es lo que somos. ¿Que alguien dice que se lleva la barba guarra hasta el ombligo, en la que se acumulan más de 20.000 bacterias? Pues venga, un montón de tíos guapos estropeando su cara con semejantes pelambreras. ¿Que a alguien se le ocurre remangar las perneras de los pantalones, rollo pescador? Pues venga, qué más da que hayan 3 grados de temperatura azotándote las canillas... Bueno, como podéis imaginar, podría seguir así cinco posts más... El caso es que este día, hay que comprar. Porque si no, eres tonto (como el del famoso slogan). Es necesario que compres y así ahorrarás. Y así, aunque en realidad no necesitas nada, empiezas a pensar qué puedes comprar para aprovechar. Son maestros de generar necesidades.
Estos son de la familia de Manolo

Y luego está el contraste. Familias que no llegan a fin de mes, desahucios, gente pidiendo en la calle (cada vez más), gente que muere en el mundo por desnutrición o falta de agua... con la que está cayendo, el terror y la barbarie acabando con los derechos humanos, la vida de las personas y la paz de las familias, como si estuviéramos en plena Edad Media... y otros, en cambio, nadando en piscinas de dinero, cuya máxima preocupación es ver en qué se lo gastan... o aquellos otros que se gastan lo que no tienen... Se esperan más de mil millones de euros en ventas, sólo en España. Impresionante. Supongo que una parte se puede explicar por una compra emocional, mientras me gasto dinero en cosas que no necesito, pero que me proporcionan un placer efímero e inmediato, no tengo que pensar y/o ver toda la mierda que hay a mi alrededor...

Ni un euro mío. De momento (tengo que decirlo así, por si acaso) no he sucumbido, ni pienso hacerlo. Y no es que me parezca mal que exista este día; entiendo que los comerciantes lo que quieren es vender. A esta moda se apunta todo hijo de vecino, desde las grandísimas cadenas, hasta el panadero de la esquina. Si hasta mi prima, que tiene una tienda de colchones, ha hecho una oferta... Normal. Seguramente yo también lo haría. Tampoco me parece mal que la gente se pueda ahorrar un dinerillo. De hecho, esta tarde he ido a la óptica a renovar mis gafas y, juro que no lo he hecho a propósito, me he encontrado que allí también había la promoción de las narices, y resulta que me he ahorrado 50 euros. ¡Pues bienvenidos! (¡anda! Pues ya sí que he contribuido... cachissss). De lo que me quejo, es de la falta de escrúpulos de los que conciben estos maquiavélicos planes comerciales (no los comerciantes de a pie, sino los peces gordos que se sientan en la mesa del Pronto) y de la falta de criterio de la gente que compra de forma compulsiva; ambos bandos encajan como un puzle en la satisfacción viciosa de apetitos o pasiones desenfrenadas; cuál los geles frío y calor de Durex.

lunes, 6 de abril de 2015

Las dietas empiezan cada lunes

Es lunes de pascua. Las ocho de la tarde. Empieza a invadirme el mal humor. Se acaban las mini vacaciones de Semana Santa y mañana, vuelta a la rutina. Vuelta a madrugar, a salir cuando aún no están puestas las calles, a subirme a mi bus en busca de nuevas aventuras. Vuelta al trabajo, siete horas sin parar como una posesa, para llegar a casa e iniciar una nueva jornada que acaba a las once de la noche. Sí, ya sé. La psicología positiva dice toda esa mierda de que debería fijarme en lo afortunada que soy, que tengo trabajo, una casa dónde ir y volver, una cama en la que dormir. Tengo comida, una familia, blablablá, blablablá. Si ya lo sé. Pero dejadme que hoy esté de mal humor. Es mi derecho.

Para ser justa, os he de contar que gran parte de ese mal humor tiene que ver con una decisión que he tomado (por 356.481 vez), hoy: mañana empiezo la dieta. Y de eso va este post, de las dietas. De mis dietas.

Hay un pequeño porcentaje de la sociedad que no sabe de qué le hablo. No sabe qué es hacer una dieta. Son esas pequeñas arpías, como una compañera de mi antiguo trabajo, M, que desayunan media baguette rellena de morcilla de Burgos y tienen cuerpo de modelo. Nunca se tienen que preocupar de lo que comen, o de cuánto comen, porque disfrutan comiendo y no engordan ni un gramo. ¿Deporte? Perdona, ¿eso qué es?  Genética, dicen. Cagonlá, con la puta genética. Yo debí llegar tarde al reparto.

En ese porcentaje también se incluyen un grupo de personas rellenitas, gorditas, gordas y obesas, orgullosas de su cuerpo y a las que les deleita comer. Estoy gordo, ¿y qué?  No les importa lo más mínimo. No siguen los cánones de belleza, les da igual ponerse una camiseta que les haga parecer la morcilla de Burgos que se come M, y se pasean por la playa sin pudor. Me encantaría ser como ellos.

Por desgracia, yo soy del mayoritario porcentaje de la sociedad que vivimos esclavizados por nuestro peso y nuestra imagen. Unos más y otros menos. Unos con más motivos, y otros con menos. Algunos, con ninguno. No hay cosa que me reviente más que que una chica superdelgada me diga, ay, es que estoy a dieta, tengo que perder unos kilitos... mira, mira...  y se coge unas chichichirrillas de la cintura, que para podérselas pellizcar, se ha tenido que doblar en forma de U, llamar a un ingeniero de minas para que la ayude, y aún así, no miden más de medio centímetro...  ay, tía, ¿a qué sí? ¡Jo!  Que en ese momento piensas ¿le doy una hostia o le regalo unas gafas? ¿Es que no me ha visto, la tía esta o qué?, pero toda cortesía social le contestas ¡qué dices! Si estás genial... ¿de dónde vas a perder, del blanco de los ojos o de las pestañas?  Y resulta que se enfadan... no, tía, en serio... que me sobra un kilo... He de reconocer que antes me molestaba más. Con el tiempo he aprendido que cada uno tiene sus manías y sus percepciones, y si a ella le molesta ese kilo de más, pues perfecto, que lo pierda. Lo respeto. Ahora bien, le deseo felicidad en la vida, porque si vive obsesionada por tener UN KILO de más, es que no sabe lo que es ser feliz.

Ese no es mi caso. A mí no me sobra un kilo. O en todo caso, me sobra un kilo detrás de otro. Porque a mí la genética me dio una mala combinación: tendencia a engordar y disfrute por la comida. Cuando nací, ya era gordita. De pequeña, era una bolita. Mi madre tampoco ayudó a que mi cuerpo sufriera un cambio metabólico. Con 3 y 6 meses ya me daba sardinas y garbanzos. Se lo he echado en cara miles de veces, pero ella tampoco tiene la culpa. Hizo lo mejor que supo. Siempre he sido gordita. Y siempre me ha gustado comer. Y no me gusta precisamente la coliflor, las judías verdes, la lechuga o el brócoli, aunque hace unos años que como de todo eso. Me gustan los macarrones gratinados, la paella, la carne rebozada. Las patatas en todas sus variedades y opciones, si son fritas, mejor. La comida basura. Las cosas con salsas, dónde se pueda mojar pan. Me gusta la panceta, el bacon, el chorizo, la morcilla. El cocido, las lentejas, el queso. La Nocilla, el chocolate, los helados, las chuches, los frutos secos. Todo muy light, como veis.

Los que no lo pasan, no tienen ni idea del sacrificio que nos supone hacer dieta a los que nos gusta comer. Me debato eternamente entre pensamientos y sentimientos ambivalentes que todavía me lo ponen más difícil. Es como esos dibujos animados dónde aparece el ángel y el demonio, uno a cada lado de tu cerebro...

- venga, va, así no puedes seguir... tienes que hacer algo...
- ¡ya lo intenta, guapa!
- ¿seguro? Sabes que no le pone todas las ganas... En tu vida has acabado consiguiendo todo lo que te has propuesto, ¿por qué va a ser esto diferente? ¡puedes hacerlo!
- hala, ya está aquí la mariquita esta con alas, con su curso de coach sacado por Internet... tú ni caso, reina, en realidad, estás estupenda.
- ¿estupenda? sí sí, por eso no encuentra ropa que le vaya, ¿verdad? por eso no se pesa, para no llevarse el disgusto... por eso no se gusta cuando se mira al espejo...
- monina, sí-que-se-gus-ta. Cuándo se mira de perfil (siempre del mismo lado, no sé por qué), piensa, en realidad no estás tan mal... las hay peores que yo. Además, a J le pone mogollón. Él la encuentra preciosa.
- ya... ¿y el colesterol?
- es hereditario y lo sabes. Ya se toma la pastilla, cosa que deberías hacer tú... tómate un par de rulas, a ver si se te quita la cara de amargada que tienes...
- ¿quieres que acabe como su madre? ¿quieres que le dé un infarto a los 50?

Me debato entre el pensamiento  eres una vacaburra, tienes que hacer algo  y  estás estupenda y a quién no le guste, que no mire, no todo el mundo tiene que ser igual.  La sociedad machista y competitiva en la que nos ha tocado vivir, tampoco me ayuda. Ya os lo conté en el post La moda no sabe de matemáticas, hay un complot mundial para hacer a las mujeres infelices. El otro día leía en un tuit:  Contenido de una revista para mujeres: 1) El secreto de la felicidad: acéptate tal como eres; 2) Cómo perder 15 kg. en un mes; 3) Cómo preparar una deliciosa tarta de chocolate.  ¡Y qué razón tienen! Lo que yo digo, un complot. Y eso porque no quiero entrar a hablar de las dietas milagro y la industria de la dietética, que me darían aquí las uvas. Últimamente están de moda las modelos "de tallas grandes", que, en sí, es un paso adelante, si no fuera porque llaman modelos de tallas "grandes" a las que usan una 42.

Total, que cada lunes por la mañana empiezo una dieta. Y cada lunes por la noche, la dejo. Y eso a pesar de un pensamiento que creía tener arraigado: el día que me digan que tengo que hacer dieta por motivos de salud, ese día me pondré en serio.  Pues no. Ese día llegó hace ya un tiempo. Y no lo consigo.

En 2009 los astros se alinearon y hubo unas coordenadas estelares a favor de mi pérdida de peso, a saber:
a) empecé a hacer spinning y me encantó. De 2 a 3 veces por semana.
b) tenía una mutua de salud que me permitía acceder a un buen endocrino, con el que tenía visita cada mes; luego, control externo.
c) ese mismo endocrino me dio una medicación buenísima que me ayudó mucho.
d) tenía una compañera de trabajo y además amiga, G, de las que llaman al ingeniero para cogerse las chichas, que constantemente me hacía de empuje y de refuerzo.

Perdí 20 kilos. Me quedé estupenda estupenda. Y me relajé.  Bah, sólo me quedan 4 kilos para llegar a mi meta, ahora viene el verano, descanso...  Bah, en todo el verano, comiendo lo que he querido, sólo he engordado 3 kilos...  Uy, sólo en Navidades he puesto 3 kilos más. En Enero empiezo otra vez... Buf... es Semana Santa y aún no me he puesto...  Ufff... ¡¡¡ya van 10 kilos recuperados!!! En cuánto pase el verano, me pongo...

Y nunca más me puse. Los astros no me acompañaron. Me quedé sin mutua, G cambió de trabajo, retiraron del mercado la maravillosa medicación y se vino a vivir a mi casa y a mi cuerpo ella: la EM o SFC, gracias a la cuál, el spinning, el Zumba, el running o cualquier ejercicio que requiera un esfuerzo superior a subir y bajar las pestañas, está descartado. Mientras los médicos discutían qué era lo que me pasaba, me atiborraron de cortisona. Me sentía fenomenal, con un subidón que ríete tú de la mejor cocaína: trabajaba, me ocupaba de los niños, dormía 4 horas diarias, planchaba a las 4 de la mañana, hice los fondos de armario y descubrí rincones de mi casa que no sabía que existían. Y siempre tenía ganas de hacer más cosas. El problema es que me hinché como el pez globo de Nemo, me temblaban las manos y el cuerpo por dentro, tenía insomnio, una ansiedad increíble y un apetito voraz: en un mes y medio me engordé 14 kilos, los cuáles también se quedaron a vivir en mi casa y en mi cuerpo.

Y aquí estoy. Intentando hacer otra vez el esfuerzo a partir de mañana. Mi hijo me ha pedido ponerse a dieta, también le sobran unos kilitos. Y yo le he prometido que a partir de mañana, la hacemos juntos. A ver si es verdad eso de lo que no hagan las madres por sus hijos... En favor de este argumento he de decir que, por él, empecé a comer verdura hace 4 o 5 años. Sé lo que tengo que hacer. Perder peso no tiene secreto: gastar más calorías de las que comes, es decir, saldo negativo. Al final, vuelven a ser matemáticas, o sea que lo tenemos chungo. En mi caso, como no puedo gastar mucho, se trata de ingresar menos, es decir, de cerrar la boca. La dieta en sí, tampoco tiene ningún secreto: todo descremado, verdura y lechuga por un tubo, fruta, más pescado que carne, algo de pollo, ocasionalmente arroz, pasta y patata. Agua. Todo a la plancha. Un aburrimiento, vaya. Lo que me jode es que seguro que han inventado alguna pastilla con la que perder peso sin dejar de comer lo que te gusta, pero claro, se les desmonta el chiringuito si la comercializan. Una vez leí que existe una medicación, que jamás ha visto la luz, que impide que se formen caries. Lo mismo.


En fin. Que ya son las once y media y acabo un post escrito con las interrupciones propias de una superwoman. Ahora que ya me he desnudado delante de todos vosotros en uno de mis temas más íntimos, quizá sea mejor que me meta bajo las sábanas. Buenas noches.


(Me he fijado que se me han escapado unos cuantos tacos en este post... ¡¡es que me enciendo!!... por cierto... ¿¿¿tacos??? podría comérmelos.... :-p)

domingo, 15 de marzo de 2015

Padres en las gradas

Hay que ver cómo sufrimos las madres.

Debe ser un gen que te implantan en el quirófano, cuando estás allí, en esa postura tan digna delante de unas cien personas, y la enfermera de turno te dice:

- ¡aguanta, aguanta! ¡que no se te salga!  (en referencia al enema) ¡te he dicho que no se te saliera!  ¡¿quieres hacer fuerza?!...
- ¿¿Qué no se me salgaaa?? ¿¿qué haga fuerza?? japutaaaaaa, si la fuerza la estoy haciendo pa' controlarme y no sacarte los ojoooosss, ¡¡¡ponme ya la epiduraaaaaaaaaallll!!!!  

Pero bueno, eso sería otro post.

El caso es que, como decía mi abuela, desde el minuto uno en que sabes que estás embarazada, hasta que te mueres, no dejas de sufrir por tus hijos. Yo solía pensar que era una exagerada (no tengo especial alma de sufridora), pero ¡cuántas veces me acuerdo de la razón que tenía!

Uno de los momentos en que más sufro por mis hijos es, como esta mañana, cuando van a una competición de Taekwondo. No sufro porque ganen. Sufro por su sufrimiento, por sus nervios, por su frustración, ¡por su físico! (algún que otro niño siempre sale lesionado, incluso con intervención de la ambulancia en alguna ocasión). Sufro porque no haya diferencias entre mis hijos, que uno gane medalla y el otro no. Sufro porque sí, porque tengo ese gen.

Llaman a la petarda por el altavoz a prepararse en el tatami 12. ¡Pum! Se activa el resorte que me hace ponerme histérica.... Bufff..... Pili, porfa, ¿puedes grabar tú?  Una tía licenciada, medianamente inteligente, psicóloga a más inri... ¡incapaz de sostener un móvil para grabar a su hija! Empieza el combate. Los puños en tensión, el estómago como una piedra, que piensas:  mira, ya no me hace falta ir al gimnasio... Ni Zumba ni hostias... un combatito por semana y como si hubiese hecho una tanda de 100 abdominales...

Cada vez que la otra niña se le acerca, vas diciendo por ti dentro: cabrona ¡déjala! ¡Vete! A ver si te da un vahído... Cada vez que le da una patada:  cómo bajeee... ¡te vas a enterar!  Si le da en la cabeza: Te-es-tás-pa-san-do...  Y si le hace daño... bufffff.... si le hace daño, notas un alien que te sube desde el bajo vientre hasta la boca, groooaaaaaaarrrrrrrrrrr.... que me dan ganas de saltar desde la grada, en plan Hulk ¡Plas! ¡¡Me planto en el tatami y te cojo de los pelos!! ¡Te meto un puñetazo verde en cada ojo, niñata!

Pero todo eso pasa por dentro de tu cuerpo. Por fuera es todo civilización. Los nudillos blancos, de tanto apretarlos. Los labios se me quedan peor que los de Kristina Rei, de tanto que me los aprieto con las manos.  Gana... ¡bien! Pierde... ¡mierda!... ¡Empate!, ¡venga, vengaaa!! aaaarggg... Ni en el examen de oposición, oye. ¿¿Cómo va el marcador?? ¡Que no lo veo! Señorrrr, ¿quiere quitarse de en medio o lo quito yo?

Lamentablemente, no  todo el mundo tiene el mismo grado de autocontrol. Hay madres a las que, en el quirófano, no sólo les transpusieron el gen sufropormishijos, sino una cadena genética en la que está el gen de amihijonilotoques, eselmejorentodo, siempretienerazón  y tematoloba. Éstas, además, cuando tienen sus escarceos con el padre de la criatura, le traspasan esa cadena genética, y estamos de mala suerte si el papá es, además, portador de la cadena somosmachomen, mihijotienequeganarentodo, esteentrenadoresimbécil, noexisteeldolor, nomeseasnenaza y nomemiresasíqueterevientolacabeza. Cuando se produce esa combinación, tenemos a los padres que en las gradas se comportan como orangutanes. ¡Qué digo! Pobres orangutanes, ellos son más civilizados...

Hay un gimnasio, conocido ya en todas las competiciones, que son para hacerles un estudio neuronal: a los entrenadores, a los padres y, por supuesto, en un futuro a los/as niños/as que están forjando. Ellos, crusanitos calvos o rapaos. El clombuterol, las tortitas de arroz y las claras de huevo se les salen por los oídos. Ellas, chonis total. Las mallas de leopardo, la camiseta naranja fosforito con el estampado del gimnasio sobre el tetamen operado, las permanentes teñidas de diferentes colores. Los niños, Jonathans, Kevins, Christians, Jessicas y similares. Son como avispas, se desplazan en grupo por la parte superior de las gradas, buscando dónde compiten sus vástagos. Cuando los encuentran, empieza el zumbido: los animan a grito pelado, que se les oye dentro, fuera y alrededor del pabellón. Gritan hasta que molestan. Gritan hasta que ponen nerviosos a los niños: a los suyos, a los pobres que compiten con los suyos, y al resto de padres que estamos allí pensando ¿a qué le meto?  Uno de ellos, sobre todo, igual se ha pensado que está en un concierto: eh! eh! eh! eh!... que parece Fito, pero hinchado. Sólo les faltan las pancartas: "Amor de madre", "Somos los nonver guan", "Si las de Ramos son Rameras, las de taicondo, somos Taconeras". Cuando uno de sus niños/as pierde, el coach relleno de crema le mete una bronca que flipas.

Pero ese gimnasio no es el peor. Hay uno de coreanos: coreanos los entrenadores, coreanos los padres, coreanos los hijos. Que esos no chillan. Esos van en silencio, constreñidos, muy educados y formales. Saludan con reverencia hasta a la señora de la limpieza. A los padres no se les ve ni se les oye, no sé dónde están y ni siquiera si van. Pero los coach son unos psicópatas implacables. Si un niño se cae o se hace daño, lo miran impasible sin moverse de la silla hasta que deja de retorcerse de dolor y se reincorpora al tatami. Durante el combate, les van dando indicaciones, en coreano, que estoy segura que quieren decir "¡que te he dicho que le muerdas el cuello! ¡Como si fuera un americano!". Hemos visto llorar de rabia a un coach porque el niño perdió un combate. Hoy nos contaba uno de nuestros niños que uno de los entrenadores, en el vestuario, tenía acorralado a uno de sus niños, pegándole, empujándole y tirándole al suelo. Todo porque había perdido.

Estamos hablando de niños de hasta 11 o 12 años, por favor. Campeonato de Catalunya. ¡¡Que no son las olimpiadas, señoreeeeesssss!!  Y aunque lo fueran... que no les van a sacar de la pobreza... Que los taekwondistas profesionales se lo tienen que pagar todoooo. ¡Qué flipaos! Igual se piensan que están rodando Karate Kid o algo...

Pero bueno, esto no pasa sólo en taekwondo, por supuesto. Madres y padres enfermos hay en todas las canchas deportivas del mundo. Lo vi de primera mano en patinaje artístico, y lo sé de buena tinta en deportes como el fútbol y la natación. Padres cuyas primeras palabras al ver a sus hijos tras el partido, la competición o la exhibición, son una reprimenda por todo aquello en que, a su juicio, han fallado, cuando no, una colleja y una bronca, esa sí, de campeonato. Padres que les obligan a practicar un deporte que no les gusta, que los ponen a dieta, que les hacen entrenar hasta la extenuación, que los insultan y ridiculizan, que los comparan con sus hermanos o amigos más brillantes, que los tratan como deportistas profesionales. Padres que insultan a los árbitros, a los entrenadores, a los otros niños y a sus padres. Padres que se pelean con otros padres, incluso llegando a las manos. Padres que dan a sus hijos un claro ejemplo de deportividad y compañerismo.

Si, encima, los padres están separados, ¡ya es la hostia! Entre ambos padres, cuatro o cinco personas de diferencia, no sea caso que también estos lleguen a las manos. Esos padres se vuelven bizcos de mirar a la cancha y, por el rabillo del ojo, el comportamiento del ex.

Claro, no me extraña que el niño sea tan malo, si es que es igual de blandengue que su madre...

Míralo, no le importa nada su hijo, sólo quiere que sea un crac del futbol pero luego no le pasa un duro... míralo, míralo... ¡de padre del año!

Si encima, a uno de los dos se le ocurre ir acompañado de su nuevo/a churri... ¡ha firmado su sentencia de muerte!

¿Será cabrón? ¡Y encima se la trae aquí! Mírala... si parece que no tenga dónde caerse muerta... ¿y por esa pelandrusca me has cambiado? En cambio yo estoy estupenda, mírame, todo en su sitio... ¡muérete de envidia!

¡Vaya! ¿Así que ese es el "ingeniero"? ¡Pero si está calvo! Qué, colega, ¿te la follas bien? ¿En mi cama? Pues disfruta, disfruta... hasta que saque la escoba (por lo de bruja, se entiende).

En algún momento que coinciden las miradas.... dientes, dientes... a lo Pantoja. Cuando viene el niño:

- mami, papi ¿¿habéis visto que golazo he marcado??

- Eh, ¿cómo? Ah, ¿pero no estabas en el banquillo?

Confío en que, en el s. XXII, o se haya destruido el planeta Tierra, o ya se haga cirugía de ingeniería genética, y se les puedan extirpar a estos energúmenos esos genes que les transforman cuando pisan una grada.

Por el momento, yo hoy me voy a la cama felicitando a todos los niños que hoy han luchado con ilusión y esfuerzo, hayan ganado o perdido, y en especial a los niños y niñas de nuestro gimnasio y a sus sufridoras madres, con las que comparto uñas y selfies. Me voy a dormir con la satisfacción de saber que mi hija se ha esforzado a tope, ha disfrutado, ha respetado a sus rivales y encima ha sido medalla de bronce. Eso sí, antes de irme a dormir, me tomo una tila.

Hay que ver cómo sufrimos las madres.


miércoles, 4 de febrero de 2015

La moda no sabe de matemáticas



Hoy os voy a hablar de moda. Yo, que iría todos los días a trabajar en pijama... bueno, va, en chándal... pfffff.... Y es que éste es un tema que da para llenar muuuchos renglones... Así que inauguro oficialmente la etiqueta "Fashion victims".

El tema que he elegido para este post es la relación entre las mates y la moda. Porque vamos a ver, a mí, de pequeñita, me enseñaron que las matemáticas son una ciencia exacta. Es decir, que 2 + 2 SIEMPRE son 4. Luego, cuando de mayor estudié psicología, entendí que eso no es aplicable a las relaciones humanas, que básicamente depende, por ejemplo, de si el 2 es del hombre o de la mujer, del jefe o del empleado, de tu madre o tuyo. Pero, vamos, en las puñeteras matemáticas, sí. A mí, que siempre se me han dado tan mal, me quedó claro que es cuestión de entenderlas (¡¡¡nada más!!!), porque una vez las has entendido, son mecánicas, siempre funcionan igual.

Bueno, pues, cuando las mates se aplican al mundo de la moda, se vuelven inexactas. O eso, o la moda no tiene ni puta idea de matemáticas. Porque resulta que el sistema métrico decimal se mueve más que los ojos de Marujita Díaz.... Y así, resulta que, para unas mismas medidas que tiene tu cuerpo serrano (Navidades arriba o abajo), puedes usar la talla 38, la 40 o la 44, o, para hacerlo todo más sencillito, también te las pueden clasificar según el sistema XS-S-M-L-XL-XXL (que después de nosécuántosaños, J todavía no se aclara con esto y me pregunta mil veces, ¿la L es más pequeña que la M? ¿después de la S que va, la XS? ¿la XL es la más grande o la más pequeña? Juro que es verídico)...

Pues como decía, todo depende de la marca/tienda dónde te hayas metido. Mejor dicho, todo depende del diseñador (perdón, pero suelen ser hombres) de la marca, de su grado de misoginia, y de lo contento que esté con su cuerpo. Así, si tenemos a un gurú de la moda flaco, narcisista y cabrón, pongamos de Bershka, te dirá que si tienes 60 cm. de cintura eres una especie de morsa que se tiene que poner una 46, mientras que si tenemos al típico modisto gay, gordito y bonachón, pongamos de Marks and Spencer, te dirá que, con esa cinturita de 110 cm. estás estupenda y sólo tienes que usar la 46. Yo, que ya nací con el gen de la generosidad en todas las facetas de mi vida, he visto con mis ojitos como las tiendas "de tallas grandes" tallan a la baja, mientras que las de yogurines (dónde entro sólo como acompañante), lo hacen al alza. ¡Ni que esto fuera la bolsa! No sé cómo se atreven, ¡¡si no entienden de mates!!

Expresado en términos matemáticos, sería:

si:  60 cm de cintura = talla 46
y:   110 cm de cintura = talla 46,
entonces:    60 cm = 110 cm
 
luego... ¡¡las de 110 cm. están igual de estupendas que las de 60!! Ya lo decía yo...
 



¡Y eso ya por no mencionar las diferencias de tallas entre los diferentes países! Para empezar, aclárate si te están midiendo en pulgadas o en cm., y luego apréndete de memoria a qué talla corresponde la tuya en París, Nueva Zelanda, Washington, Singapur o Nepal. O eso, o te llevas un Smartphone con San Google. Que, ¿os habéis fijado que a las italianas son a las que llaman más gordas y a las alemanas, las más delgadas? Nooo, si no está pensao ni ná....

Me imagino una mesa redonda de esas carísimas, brillantes, de esas que limpiaban los de yo paso el pronto-tú el paño, dónde están sentados el gran jefe de la moda, el de la industria de la dietética, el de todos los gimnasios del mundo, el de los centros de estética, el de los laboratorios, el de la publicidad, el de los restaurantes de comida rápida y el gran jefe del chocolate en general. Todos ellos asesorados y dirigidos por el gran jefe psicólogo o psiquiatra...

- Venga va, ¿cómo podemos hacer que las mujeres se sientan más infelices todavía?
- Jo tío, ¿te parece poco?  Si no paran de venir al gimnasio... ¡tengo las clases de Zumba a petar!
- Ya, pero las ventas de pastillas para adelgazar han bajado un montón... Un 0,0002% e-xac-ta-men-te... Entre que retiraron el Reductil del mercado, que el XL-S lo anuncia la cateta de la Rosa López, y el ALLI, una gordita... oye, en eso tienes tú mucho que ver,  ¿no?
- A mí dejadme en paz, ¡que me tenéis loco perdido!... que tengo que anunciar a la vez modelos anoréxicas, pastillas para adelgazar, el Happy Meal y las fajas del Teletienda...
- A verrr, chicosss... centrémonos. Hay que hacerles creer que para ser felices y que las quieran, tienen que estar delgadas. Que sólo conseguirán estar delgadas si se gastan el dinero en nuestros negocios. Pero, a la vez, hay que bombardearlas con estímulos que lo hagan imposible. Pero en la dosis justa para que sigan creyendo que es posible, y que por una vez que se salten la dieta no pasa nada... A las que tienen que perder mucho peso, hay que decirles que son un poco más delgadas de lo que son... A las que ya están delgadas, que en realidad no lo son tanto. En definitiva, hay que conseguir que sean unas infelices permanentes buscando una felicidad inexistente... ¿entendéis?
- ¡Joer!  ¡Cómo se nota que eres comecocos!  ¡¡Cuánto sabes!!
- Ya, sí, todo muy bonito... pero yo tengo presión de las cuatro marujas de las tiendas de tallas grandes...  ¡que una es íntima de mi parienta!  ¿qué les digo?  menos mal que son minoría...
- ¡Diles que se vengan al McDonald's!
- A mí lo que me tiene preocupao es que salió en una noticia que el cacao del mundo se va acabar en 2020 por culpa de China...
- ¡Claro!  ¡Los putos chinos tienen la culpa de todo!
- Eso, eso...
- Sí, sí...
-¡Anda qué no!
- Lo que yo te diga...

Así que, nada, nos hacen infelices. Te hacen creer que si no tienes un cuerpazo que sólo se consigue con Photoshop (eso es digno de otro post), eres una mierda. Y la talla que usas se convierte en un secreto de estado si pasa de la 40. Y se tejen entramados de suspicacia entre las mujeres, que somos, con diferencia, las peores entre nosotras mismas... hum... esa, ¿qué talla debe usar? una más que yo, seguro...

Hablando de tallas, es inevitable que piense en lo mucho que me enfada y me deprime, en general, ir de compras y me hace recordar una vez, en mi tierna juventud, que entré en una tienda de ropa dónde no había ido nunca. No había clientas; luego entendí porqué, claro. Había tres dependientas: monísimas, delgadísimas, vestidísimas de negro, maquilladísimas, y estupidísimas. Miro. Un pantalón por aquí. Una falda por allá. Una blusa por acullá. Talla 42 máximo. 42 de las de tiendas proanorexia, de las de diseñadores cabrones. Me dirijo, sin saberlo, a la más mamífero cánido de menos de un metro de longitud, incluida la cola, de hocico alargado y orejas empinadas, pelaje de color pardo rojizo y muy espeso, especialmente en la cola, de punta blanca, de costumbres crepusculares y nocturnas, que abunda en España y caza con gran astucia toda clase de animales, incluso de corral, de las tres:

- Perdona,  ¿la talla más grande que tenéis es la 42?

Las tres fantastic girls, en corrillo de marujas, me miran, de arriba abajo, en plan escáner portátil, de esos que te pasan los polis buenorros en las pelis, por delante, por detrás y casi por dentro:

- ¿Para quién es, para ti?  (sonrisita burlona, de cariquémeestáscontando)

- Sí  (cara de asesina en serie, graduada cum laude en métodos de tortura)

- (Nuevo escaneado)  Nooo... lo sieeento  (teperdonolavidafoca),  ¡no tenemos nada para ti! jajajaja...

Las tres fox. Ja-ja-ja-y-ja. Cuatro jas. Las tres a la vez. En perfecta sincronización.  ¿Se han reído en mi cara?  ¡¿Se-han-re-í-do-en-mi-ca-ra?!.  Y entonces la Fox Queen se gira, en uno de esos movimientos a cámara lenta de anuncio de champú, el pelo al viento, los ojos entrecerrados, los perfectos dientes blancos ultrawhite alineados, dejando claro notengonadamásquehablarcontigoMobyDick... Las otras dos little fox, revolotean las pestañas a su alrededor... Y yo, desplegando toda mi asertividad y mis habilidades sociales, recojo mi autoestima del suelo, y nos vamos las dos de la tienda, con la boca cerrada y el cerebro diarreico.

Los de la mesa de caoba tienen éxito.

lunes, 19 de enero de 2015

Cosmopolitan: la revista para mujeres que en realidad ayuda a algunos hombres

Esta semana he leído un "artículo" (de manos de un chico de esos a los que muchos llamarían perroflauta, pero que tiene la cabeza más amueblada que mucha gente que conozco) que me ha dejado ojiplática... Pensaba que habíamos dejado atrás hace tiempo los años 40, pero se ve que no. Las líneas "periodísticas" (juas juas juas) son de la revista Cosmopolitan, publicadas en su web en español por algún/a iluminado/a de México, y de verdad, no tienen desperdicio...

Se titula "13 Tips románticos y dulces para dominarlo" (a tu chico, se supone), y como subtítulo "Hay dos cosas que hacen que un noviazgo prospere: generosidad y amabilidad...". Hasta aquí dices, bueeeno... si no fuera porque me chirria la inclusión del verbo "dominar", por lo demás, me van a contar claves para hacer que una pareja dure... Ay amigo, que no va de eso... En realidad son 13 puntos que te enseñan cómo ser una perfecta gilipollas o, si te esfuerzas y rozas la perfección, una preciosa víctima de la violencia de género.

By Sebastian Vicuña on www.flickr.com
 

Entre algunas de las perlas que han escrito (en latino, mami ya tu sabes) están estas...

"1. Deja que se coma el último bocado del platillo que pidieron, aunque tengas mucha hambre. Si están compartiendo el postre de chocolate más rico del mundo y realmente te lo quieres acabar todo (y hasta te podrías comer 10 más), pero sabes que a él también le encantó, dale la última mordida, ¿qué más da?"

¿Peeeerdona? Si mi marido toca una sola patata frita o una brizna de chocolate de mi plato, en especial el último trozo, le mutilo el dedo. Él lo sabe. Y yo también. Con la coliflor estoy dispuesta a compartir.

"2. Da sin esperar nada a cambio. Ni siquiera esperes que te agradezca. Sólo hazlo porque lo amas y porque quieres que tenga un bonito día."

Claaaro, claaaro... Si ya lo decía Corín Tellado, el amor es dar sin esperar nada a cambio... Porque lo de las leyes del refuerzo es una tontería que se inventaron los psicólogos, y porque además, es la mujer la que tiene que hacer que su macho man tenga un día estupendo...

"3. Deja que escoja la película o el programa que quiera. Tal vez él también se sienta generoso y escogerá una que les guste a los dos, pero aunque no sea así, adáptate. De todas formas, tienes muchos libros que quieres leer."

Hija, cruza los dedos pa que "tal vez" se sienta generoso y toque la que a ti te gusta, y si no, pues te llevas el ebook al cine. O duermes. O le haces unas pajillas en la fila de atrás. Si es queee.... ¡cómo eres!

"5. Haz una posición o fantasía sexual que quiera probar, aunque a ti no te guste tanto como a él. No lo hagas si genuinamente no lo quieres hacer, pero si es una situación en la que no te sientes especialmente entusiasmada y él, está muy emocionado, dale un intento. Podrías terminar amándola."

Esta es la mejor. La ganadora. Vamos a ver... ¿a ti quién te ha contado lo de la libertad sexual? Eso es un cuento chino... Mujer, si "genuinamente" no quieres hacer algo en la cama, no lo hagas, pero vamos, que primero prueba, porque está en juego su emoción, y luego a lo mejor te gusta y todo, ¿eh viciosilla?... jejeje... que hay que ser open mind, y en esto del sexo los chicos saben mucho más que nosotras, hombre... tú dile a todo que sí, y si no te gusta, aprietas los dientes y oye, intenta acostumbrarte... Puede ayudarte la interesante, brillante y magistral literatura de la trilogía de Las sombras de Grey.

"6. Si te invita a un evento del trabajo, no hagas planes después. No hay nada peor que tu pareja esté checando cada dos segundos su celular cuando están en un evento importante porque quedaron de estar en algún lugar justo después de que terminara el evento."

Efectivamente, ¡no hay nada peor! Eso es lo más terrible que le puede pasar a un chico, que tú hayas hecho planes en tu tiempo de ocio para disfrute de los dos... ¿cómo se te ocurre? Su trabajo es ¡LO MÁS IMPORTANTE! Y aquí no lo pone, pero tienes que ponerte monísima y dejarte sobar por su jefe, un poquito nomás... con eso, ¡ascenso asegurado! ¡verás como luego te lo agradece!


Os las podría comentar todas, pero me reprimo. Esta "joyita" recuerda peligrosamente al Manual de la Buena Esposa, un best seller de los años 50 escrito y difundido por la Falange Española, lectura que también os recomiendo en esos días de estreñimiento... mejor que 1.000 Activias, ¡te cagas en todo seguro! La diferencia entre las dos publicaciones es que han pasado más de 60 años, y que al ritmo en que todo ha cambiado, es como si hubiesen pasado 5 siglos... Menos en el cerebro de los directivos de semejante revistucha, está claro. Y mira que, no sé por qué, tenía yo a Cosmopolitan por una revista "seria" en su ramo, que no es que la haya leído nunca, pero tenía esa impresión...

Evidentemente, la impresión se me ha quitado de golpe... Comentando esto en Facebook, me remiten a otro articulito digno de lectura, de la misma revista: "10 actitudes femeninas que despiertan los celos de un hombre (Algunas cosas que haces provocan que él quiera pelear con todo chico que se te acerque)". En este instructivo escrito dicen que esas actitudes son cosas, entre otras, como reírte de un chiste que hizo otro hombre, ir a un bar en una girls night, textear (que supongo que quiere decir chatear) con otros hombres, tener un mejor amigo, ir a una fiesta sin él y subir fotos a Instagram (si las pones en Facebook, Twitter, Twenti u otras, no pasa nada, creo) o quedarte en el trabajo hasta muy tarde.... Lo que no me ha quedado claro es si te lo dicen para que no lo hagas y evitar que se ponga celoso, o justo lo contrario.

Y seguro que hay muchísimos artículos más muy parecidos. En la portada de la foto que publico mismamente, hay un titular que dice "Lo que una novia inteligente jamás hace". Vamos, que no quiero ni buscarlo...

En fin. Que intento tomármelo con humor. Porque si me lo tomo en serio, es para denunciarles. Es para decirles que por culpa de publicaciones como esta, con el número de lectoras que tiene, se fomentan actitudes machistas, tanto en los chicos como en las propias chicas. Les diría a los lumbreras que piensan en escribirlo, a los que lo escriben y a los que dan el ok para sacarlo a la luz, que el año pasado se publicó una encuesta realizada a nivel europeo según la cuál unos 13 millones de mujeres en la UE sufren violencia física; 3,7 millones, violencia sexual; una de cada 20 mujeres ha sido violada antes de los 15 años (una de cada 20!!!!); el 18% son acosadas de alguna forma; y el 53% evita ciertos lugares o situaciones por miedo a sufrir una agresión sexual o física.


By Fotomovimiento on www.flickr.com

Podría hablarles también de que a finales de 2013 el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad publicó un estudio realizado con adolescentes en el que se concluía, entre otras barbaridades, que los chavales de hoy en día piensan que los hombres no deben llorar, que tener celos es un signo de amor o que las chicas tienen que complacer a sus novios y estos protegerlas a ellas. Dice el estudio que las adolescentes no identifican la violencia de género hasta que no es grave, y así, ven como algo normal que su chico les controle el móvil o les digan que no les gusta tal manera de vestir o tales amistades. Si me dice eso, es porque me quiere. Eso me trae a la memoria lo de "mi marido me pega lo normal"... ¡Se me ponen los pelos como escarpias!

Les diría también, a los señores de Cosmopolitan, que sólo en España y en el año 2014 (datos hasta septiembre) murieron 45 mujeres a manos de sus parejas o exparejas, se pusieron más de 95.000 denuncias por violencia de género y más de 14.000 órdenes de protección a la víctima. Que había más de 5.500 hombres en la cárcel cumpliendo condena por un delito en este ámbito y que el 016 recibió casi medio millón de llamadas telefónicas.

Pero como no me quiero poner tan seria, sólo les voy a decir que yo llevo 27 años con mi pareja (¿se puede considerar duradero?)... que en todo este tiempo, he hecho lo que me ha dado la gana, siempre respetándole. Elegimos juntos las pelis que queremos ver; cada uno se come lo de su plato y comparte con el otro lo que le da la gana; hacemos cosas juntos y por separado; salgo con mis amigas de vez en cuando, incluso a ver algún boy (¡¡uyyy lo siento, qué malota!!) y él con los suyos; soy económicamente independiente aunque compartimos gastos, ingresos y proyecto de vida; a las cosas de trabajo, vamos cada uno a las suyas; nos tiramos pedos uno delante del otro y alguna vez hasta nos sacamos algún moquillo; y, sobre todo, ¡¡en la cama mando yo!!

Pues nada, que me voy a quedar con una frase que le dice Nate a Andy en "El diablo viste de Prada" que puede que lo explique todo: Tienes un empleo en una revista de moda... ¿Cómo te lo han dado? ¿Por teléfono?