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martes, 14 de junio de 2016

Vivir en un cuerpo de segunda mano

Cierra los ojos. Imagina que acabas de terminar una mudanza. Has sacado, elegido lo que tiras y lo que guardas, protegido, envuelto y empaquetado todos tus enseres, objetos, muebles y electrodomésticos. Los has cargado, caja por caja, y los has metido en un camión. Luego, has llegado a tu nuevo domicilio y has repetido la operación, pero al revés: has descargado caja por caja, has desempaquetado, limpiado y colocado todas y cada una de los millones de cosas que guardamos en una casa. Todo el proceso te puede haber llevado tranquilamente de dos a tres días enteros (o semanas, o meses). ¿Puedes imaginar cómo te sientes? ¿Puedes notar cada uno de tus músculos y huesos, como si tuvieras agujas? ¿Puedes sentir un enorme peso que tira hacia abajo de tu cuerpo? ¿Como si te hubiesen atado una piedra al cuello o a los tobillos? ¿Puedes visualizar cómo, aunque estés muy ilusionado/a por estrenar casa nueva, y lo que más te apetece en el mundo es saltar y bailar, no puedes mover ni las pestañas? ¿Puedes? ¿Lo tienes?

Así es cómo me siento yo todos y cada uno de los días de mi vida.

Sin haber hecho ninguna mudanza.

Yo y millones de personas en el mundo.

Padezco una enfermedad que se llama Encefalomielitis Miálgica, Síndrome de Fatiga Crónica (SFC) para los amigos. Es trilliza de otras dos: la Fibromialgia (FM) y la Sensibilidad Química Múltiple (SQM). Las tres, junto con otras, pertenecen al grupo de Síndromes de Sensibilidad Central (SSC). Hay personas que padecen sólo una y otras que desarrollan las dos o las tres. Yo, por ejemplo, tengo SFC y FM, mucho más la primera que la segunda. Empecé a escribir este post al día siguiente de la celebración mundial de estos síndromes, esto es, el pasado 12 de mayo, ¡pero ya véis el ritmo que llevo! Mi objetivo es contaros en qué consisten y lo que supone para las personas que las sufrimos. A mí manera, claro, jajajaja... Si queréis leer algo serio, pinchad en este artículo, gracias al cuál he descubierto una cuarta enfermedad que pertenece al mismo grupo: la Electro Hipersensibilidad (EHS).

Bien. Para empezar, tenéis que saber que los SSC son todavía menos conocidos que los alumnos de Hufflepuff. Son "enfermedades raras"; de hecho ni siquiera tienen la categoría de enfermedad, por eso las llaman "síndromes". Es como cuando tienes un follamigo que pretende ir más allá. Y eso que, sólo hablando de SFC, hay unos 36 millones de personas afectadas en todo el mundo. Eso significa unas 234.000 en España y unas 38.000, en Catalunya. Si las ponemos todas juntas, llenamos dos Palaus Sant Jordi.

El caso es que se sabe muy poco. Parece ser que algo va mal en el sistema nervioso central, de manera que, sobre todo en mujeres que se creen superwomans, esto es, hiperresponsables, perfeccionistas, activas, que no delegan... (o sea, yo) y que han estado durante mucho tiempo forzando la máquina, esto es, trabajando demasiado, sometidas a estrés... (o sea, yo), el cuerpo, que va dando señales a las que no le hacemos ni puto caso, llega un día que dice "hasta aquí: si no me paras tú, te paro yo". Es como la frenada de emergencia, antes de que te pegues la hostia, tu coche supermolón se para. Además, parece bastante probable que ese botón se active a raíz de coger un virus chungo, en mi caso, el Parvovirus B19, que, ya sólo por el nombre, queda clarísimo que es un gran hijo de puta.

Y lo que parece ocurrir (todo está todavía en investigación) es que se jode tu sistema immunológico para, literalmente, evitar que te muevas. Acaban de publicar un estudio (consulta aquí y aquí) que demuestra que se produce una mutación genética (¡¡no me digáis que no suena chungo de cojones!!) (estoy notando que uso muchos tacos... jajaja.. perdonad... será que el tema saca lo peor de mí). En el caso de la FM, lo que ocurre es que el umbral del dolor cae por los suelos, de manera que te duele hasta el roce de los besos. En el SFC, es el umbral del cansancio, así que estás agotado todo el día. La SQM, la más rara de las tres, hace que seas intolerante a toda sustancia química, la verdad, no sé con qué diabólico objetivo, a no ser el de recluirte en una casa que parezca un laboratorio de investigación biológica. Es la más psicópata de las tres, sin duda. Sin embargo, esto es lo que pensaba hasta conocer a la cuarta, la EHS, que parece que lo que hace es que no toleres la radiación electromagnética. Si piensas que en lo único en que te puede afectar es en que no puedes usar el móvil y que tienes que calentarte el café con leche en un cazo, después de echar un vistazo a esta página y comprobar que estamos sitiados por campos electromagnéticos, coincidirás conmigo que sí, que la EHS es el Annibal Lecter de los SSC.

Cuando hace unos años empecé a notarme muy cansada y sin ganas de nada, lo achaqué al estrés, el trabajo, los niños... sin embargo, la fatiga que notaba iba más allá de sentirme estresada y, como era primavera, lo primero que pensé es que tenía astenia primaveral. Así que me tomé un chute de esos de vitaminas que llevan de todo y la verdad es que, casualidad o no, mejoré. Pasaron los meses, y volví a notarme muy cansada. En agosto del año siguiente me fui unos días a Roma y los 40 grados a la sombra que hicieron no me ayudaron a disfrutar precisamente de la ciudad. A pesar de que me enamoré de ella, me sentí literalmente exhausta. En septiembre, cuando vi que no podía lavarme el pelo ni los dientes sin hacer pausas, empecé a pensar que algo iba realmente mal. Consulté con la doctora de cabecera y empezó el largo peregrinaje por el que pasamos estos enfermos.

Estos síndromes no tienen pruebas ni analíticas que los detecten, así que se llega a su diagnóstico por descarte: que no tengas artritis, que no tengas un cáncer, que no tengas anemia, que no tengas depresión, que no te lo estés inventando. Para eso es necesario visitar muchos especialistas y realizar muchas pruebas y esto, como en todo, es una lotería. Yo me siento afortunada, creo que caí en buenas manos y el diagnóstico acertado "sólo" tardó en llegar un año y medio y la consecuencia más grave del proceso fue estar sometida a un tratamiento con corticoides que me hizo aumentar 15 kilos de peso en un mes y medio. Sin embargo, hay muchas personas que tienen la desgracia de ser atendidas por profesionales que desconocen estas enfermedades, o, peor aún, que no se las creen, por lo que, después de tenerlas dando vueltas por diferentes servicios durante años, se concluye que todo lo que tienen es "psicológico". Y no digo que no haya afectación psicológica, por supuesto que la hay. Pero no es la causa, sino la consecuencia.

Y es que, lo peor de estos síndromes, sin dudarlo, es la incomprensión. ¿Que estás cansada? Claro, yo también. Venga, va, déjate de rollos. O te critican por la espalda, qué vaga, qué caradura, dice que no viene a trabajar porque está cansada... O, en el mejor de los casos, venga, mujer, tú lo que tienes que hacer es animarte, ponte guapa, sal, vete a pasear, al gimnasio...

Que no. Que no os enteráis. De nuevo, yo me siento super afortunada en ese sentido. Tanto J, como mis hijos, ¡mis padres! que seguro que no entienden una mierda de lo que me pasa, como el resto de mi familia, amigos, compañeros de trabajo, jefes... todo el mundo a mi alrededor parece entenderme o, al menos, no me juzga. ¡O al menos, no a la cara! :) Qué difícil tiene que ser para esas personas que no tengan lo mismo que yo.

Pues no, señores. No somos vagas, ni locas, ni jetas. Estamos enfermas.

Enteraos bien: tener fatiga crónica es vivir en un cuerpo de segunda mano.

Tengo 45 años, pero me siento como si tuviera 80.

A menudo las piernas no me sostienen, como si fuesen de Blandiblú. El cuerpo me pesa y me siento débil, sin fuerzas. Si además le añadimos el problema del sobrepeso que tengo, evidentemente no ayuda.

No puedo dar largos paseos; a veces, ni cortos. No puedo hacer ejercicio, de ningún tipo, salvo Tai Chi, Yoga, Pilates y mariconadas de esas, dicho sea con cariño. No puedo correr si se me escapa el autobús, o caminar más deprisa si voy tarde. No puedo ir en bici con mis hijos, ni jugar a según qué. No puedo ir de excursión con mi familia. No puedo estar todo un día de compras en un centro comercial. No puedo bailar. Cuando voy de viaje, no puedo patear la ciudad como si nada, tengo que ir a ritmo Imserso. Si hago un exceso, tardo más de tres días en recuperarme y me salen herpes labiales a causa de la febrícula.

No puedo hacer las tareas domésticas. No puedo hacer ni grandes ni pequeñas limpiezas. A veces tengo que usar una silla para cocinar.

Me duele todo. Si me abrazan o besan con fuerza, me duele. Si me aprietan el brazo o la mano, me duele. No puedo tener relaciones sexuales con normalidad: me fatigo, me duele.

No puedo sostener el teléfono de la ducha, ni lavarme el pelo, ni los dientes, ni peinarme o maquillarme sin hacer pausas. Además, teóricamente, para prevenir no desarrollar la SQC, no debería usar perfume, ni desodorante, ni maquillaje, ni cremas, ni hacerme mechas en el pelo, ni usar lejía, insecticidas, lavavajillas, etc etc etc. No hago nada de todo eso, y a lo mejor un día tengo que arrepentirme.

Cuando me levanto por la mañana, ya estoy cansada, sin haber hecho otra cosa más que dormir. A lo largo del día no mejora. Si acaso, empeora. Si hago una siesta porque ya no puedo más, algunas veces me levanto mucho peor de lo que me acosté, con esa sensación de resaca chunga, yo, que no pruebo el alcohol. De verdad, creedme: el descanso no sólo no mejora el cansancio, sino que muchas veces lo empeora. Así de hijaputa es esta enfermedad.

Duermo fatal, me despierto muchas veces a lo largo de la noche, así que el sueño no es nada reparador. Vamos, lo ideal para recuperar fuerzas. El otro día leí que podemos despertarnos hasta 100 veces en una noche, ¿os lo imagináis?

Tengo el termostato roto, así que siempre voy un par o tres de grados desfasada respecto a los demás: cuando hace calor, tengo más calor; cuando hace frío, más frío. Esto va de coña cuando trabajas en una sala común con más personas. Y muchas veces tengo fiebre (poca), dolor de cabeza o se me inflaman los ganglios linfáticos.

Por si todo esto fuera poco, la fatiga también es mental. Me cuesta concentrarme. Me cuesta razonar, poner en orden mis ideas, analizar, sintetizar, resolver, planificar. Me olvido de las cosas. Dependo total y absolutamente de la agenda. En los días peores, hablo de manera torpe, no me salen las frases ni las palabras, quiero nombrar un objeto, un lugar, y su nombre no acude a mis labios, o digo un nombre por otro. A veces estoy leyendo y no soy capaz de retener o entender lo que leo, tengo que releer las líneas una y otra vez. Sé que estaréis pensando, sobre todo si ya tenéis cierta edad, oye, ¡eso también me pasa a mí! No. No se trata de simples olvidos o lapsus. No se trata de falta de atención. Se trata de una incapacidad mental significativa y creciente. Yo, que trabajo básicamente con mi mente. Yo, que me paso el día recogiendo información, analizándola, relacionándola, sintetizándola y plasmándola por escrito. En mi trabajo, donde el volumen es tan asfixiante, que hay que trabajar bien, pero deprisa. A mí, que me gusta tanto escribir. ¿Os imagináis lo que significa eso para una perfeccionista patológica?

Por otra parte, las perspectivas no son buenas. Por el momento no se conoce tratamiento efectivo. Calmantes para el dolor y un jarabe concentrado de paciencia. Porque no hay nada que pueda hacer para estar menos cansada. Te jodes y punto. Como he dicho, ni siquiera el descanso es reparador. Apoyo psicológico si lo necesitas. Ejercicio muy suave si lo toleras. Como mucho, se pueden hacer cosas para no aumentar el cansancio, como seguir unas buenas rutinas de sueño y alimentación, no hacer esfuerzos... Tengo una pequeña esperanza puesta en el desarrollo de la investigación. Si han identificado una alteración genética, es de esperar que puedan encontrar alguna vacuna, medicación, operación o qué sé yo. ¡Que me den una descarga eléctrica y me frían los genes!

Me afecta al estado de ánimo. A menudo me siento muy irritable, ¿no os pasa cuando estáis cansados? Triste, impotente. ¿Cómo no? Es dificil aceptar las limitaciones. Que ya no puedes hacer lo que hacías. Es difícil vivir con un dolor continuo, continuamente cansada. Es dificil responder las preguntas de tu hija, aceptar sus sentimientos de frustración, lidiar con su angustia (errónea) de que te vas a morir por esta enfermedad. Es dificil aceptar que no eres eficiente en tu trabajo y que cada vez lo serás menos. ¿Cómo afronto el proceso de oposición en ciernes? Se me hace un mundo. ¿Cómo será mi vejez, si ahora ya me siento una anciana?

Pero, eh, ¡hay tantas cosas que puedo hacer! Puedo tomármelo, la mayoría de las veces, con humor. Puedo reir, puedo amar. Puedo soñar, puedo imaginar. Puedo acariciar, puedo besar. Puedo nadar, un rato. Bailar suave. Puedo compartir con amigas, salir a cenar. ¡Puedo seguir trabajando, a pesar de las dificultades y las limitaciones! Puedo cantar, puedo escribir, puedo leer. Puedo emocionarme e ilusionarme como cuando era niña. Puedo mirar a mis hijos ¡sin cansarme nunca! Puedo hacer pequeñas cosas, como pasear sentándome a cada poco, barrer, cocinar, hacer la cama. En los días buenos, puedo hacer pequeñas excursiones. Hace poco he probado a utilizar una silla de ruedas eléctrica, un fin de semana que he estado en Port Aventura. Aunque mi primera reacción fue llorar de tristeza e impotencia, sé que es mi futuro y una buena solución.

Así que, bueno, puede que viva en un cuerpo gastado, con una mente gastada, pero, en todo caso, ¡soy y seré una abuela marchosa! Porque lo importante es la actitud y de eso, a mí me sobra (casi siempre). Y no menos importante es tener al lado a una persona maravillosa que te cuide y te comprenda, sin reservas. Como J. Lo siento, fatigadas y fibromiálgicas del mundo: es mío. Y no lo comparto (el egoísmo viene de serie, jajajajaja).

jueves, 19 de mayo de 2016

¿Me permites?

- ¿Me permites?
 
Me miras. Stop! Dale al pause, ¡congela esa imagen!

Maaaal. Has empezado mal, chaval. Me has mirado con cara de ¿en serio te vas a sentar a mi lado, vacaburra?

Tú, con tu camisa de Pedro del Hierro, tu reloj de esos modernos de ahora, que no sé cómo se llaman, pero que seguro que te avisa de cuándo tienes que ir a cagar y te dice el peso y la composición de la mierda, finalizando con un mensaje de Hi, Mr. Gilipollas! En el día de hoy deberías comer más semillas de chía. Cindy, tu entrenadora personal, who loves u so much.  

Tú, pequeño y delgado, con las uñas impolutas de manicura cara, tus cascos último modelo sobre la calva reluciente, (lo siento, chaval, ni el dinero puede evitar que se te caiga el pelo) y un cuerpo que dice: eh, mira, nena, que voy al gym!! 

Tú, me miras perdonándome la vida, como si te hubiera hecho una gran ofensa por pedirte que levantes tu culo de pijo de mierda para sentarme en el último asiento libre del bus. Suspiras. Cierras el periódico con parsimonia. Coges, despacio, la mochila negra que descansa en "mi" asiento, me vuelves a mirar como diciendo really? A lo mejor es eso, ¿será que lo que te fastidia es tener que poner la mochila en el maletero de arriba, sola y desangelada? ¿Qué llevas en esa mochila? ¿Miles de euros? Un Ipad seguro. ¿Documentos importantes en los que le jodes la vida a otros? Porque tienes cara de eso, de ser un jodedor. Si no quieres que te molesten, ve a trabajar en tu Audi, o, en el peor de los males, siéntate en el lado de la ventana, imbécil.

Por fin te levantas. Yo, digna, no digo ni mu, cuando debería sacarte los colores delante de todo el bus. Total, ya los tengo acostumbrados a hacer el ridículo. Pero hoy estoy muy cansada; sólo son las 7 de la mañana y ya me siento agotada. Así que me acurruco junto al cristal y pienso en estarme quieta, solamente en no moverme. Rozo tu pierna sin querer. Te remueves inquieto y... ¡ahora sí que la has cagao chaval! pero de verdad... Haces un ruidito de esos de chst, un chasquido de fastidio, de ¡joder con la vacaburra! Bufff... Acabas de despertar la bestia parda que hay en mí. Porque soy intolerante a la prepotencia. No alérgica, sino intolerante. Vamos, que puedo morir a tu contacto. ¿Quién mierda te has creído que eres? Para empezar, me he adelgazado 12 kilos ya, así que por fin ocupo un asiento sin rebosar; si quiero, ni te toco. Segundo, huelo bien. Me gustaría, de hecho, me-en-can-ta-rí-a, que te tocase al lado Mr. Pig. Tercero, mi ropa es tan digna como la tuya, aunque valga una quinceava parte; frase que podemos aplicar perfectamente a la inversa respecto de muestros cerebros.

Imbécil. Me has cabreado. Así que paso al ataque.

Podría no tocarte, pero te toco. Abro mis piernas, de manera que todo mi muslo roza el tuyo. Bajo el culo al borde del asiento, apoyo la cabeza en el respaldo, como si me dispusiera a dormir. 

Otro chst. Bien. 

Ay no, qué incómoda...  me vuelvo a mover, abro más las piernas para coger la bolsa de la comida, que tengo en el suelo. La pongo en mi regazo y empiezo a buscar algo imaginario dentro, abriendo todo lo que puedo el codo izquierdo. Te molesto y lo sé. 

Otro chst. 

Cierras el periódico. Vuelvo a dejar la bolsa en el suelo, abriendo otra vez las piernas todo lo que puedo, y empiezo la misma operación en el bolso, concienzuda, como si me fuera la vida en encontrar algo que no encuentro. Me quito el pañuelo del cuello y lo pongo encima del bolso, igual que un montón de cosas que empiezo a sacar y a colocar desordenadamente entre mi regazo y el tuyo. No te puedes imaginar todo lo que llevamos las mujeres en el bolso, cabrón. Mi codo, en ángulo de 90 grados, dándote en el brazo; el asiento, lleno de cosas; me muevo sin parar... me llevo la mano a la boca en un gesto de ¡oh Dios mío! que en realidad me sirve para ahogar una sonrisa de triunfo.

Tú sigues con tus chst, que se te va a hacer un nudo la lengua, pero eres incapaz de decir nada, porque eres un pasivo agresivo de mierda, lo que yo decía, un jodedor. Consultas tu Iphone, seguramente para saber cuántos minutos de tortura te quedan junto a la vacaburra. Empiezo a guardar las cosas, despacio, yo no tengo prisa. El móvil se me enreda en el pañuelo y se cae al suelo, entre tus pies. Te juro que se me ha caído, pero me alegro. 

- Uy, perdona... (sonrisa hipócrita, que también sé hacerlas). 

Me acuesto sobre ti, intentando cogerlo, aunque obviamente no puedo. Me fulminas con la mirada, pero te obligas a esbozar una mini y tirante sonrisa. Bien, aún te queda un resquicio de socialización. Te tienes que levantar al pasillo mientras yo me tumbo en tu asiento para alcanzar el móvil, contaminando todo tu espacio de mis gérmenes infectos. He despertado todas tus ansiedades. Te pasas el resto del trayecto sorbiendo por la nariz. Re-al-men-te-o-dio-e-so. 

Llegamos a la parada y, cuando ves que cojo la bolsa, por supuesto abriendo mucho las piernas y los codos, te levantas otra vez para dejarme salir. Paso por tu lado y puedo notar toda la energía negativa que desprendes. Estoy tentadísima de pisarte, como colofón a nuestro íntimo viaje. Pero soy más educada que tú. Bastante más.

Son las 7.30 h de la mañana y te he puesto de los nervios. Te jodes. La próxima vez, me permites y punto. Yo, en cambio, me voy con una sonrisa a trabajar.




miércoles, 16 de marzo de 2016

La silla en la cocina. Parte final.

Tiene los ojos cerrados. Piensa que tal vez así no pueda seguir entrando el dolor desde fuera, aunque tampoco se va el de dentro. Está sentada en el primer banco de la Iglesia, el reservado para los familiares más allegados del difunto. Por ley de vida, sabía que algún día estaría sentada ahí. Lo que no esperaba es que fuera tan pronto, ni en esas circunstancias.

Con las manos sobre el regazo, la cabeza le da vueltas. No sabe lo qué siente. ¿Pena? ¿Lástima? ¿Dolor? ¿Alivio? En uno de esos pensamientos absurdos que tenemos a veces las personas en situaciones críticas, visualiza a los personajes de la película Del Revés (Inside Out) en su cabeza... ¡menuda pelea deben estar teniendo! Y se le escapa una leve sonrisa. Inadecuado. Marta, contrólate. Quién quiera que sea el personaje encargado del control, va a tener que hacer horas extras. Porque de lo que verdad tiene ganas, es de levantarse, saltar, romper cosas, chillar hasta quedarse afónica... ¿Quién sabe? Quizá no estaría tan fuera de lugar... Pobrecilla, dirían, está loca de dolor... no es para menos...

La Iglesia está llena de gente. La mayoría han ido para acompañarla en estos terribles momentos. Otros muchos, como homenaje a su madre. Unos pocos, muy pocos, por su padre. El cura va soltando su letanía, una retahíla de palabras que no le llegan, que no escucha. ¿De verdad existe Dios? Quedan pocos argumentos que la convenzan de ello. Ninguno, de hecho. Cuando acaba el funeral, se pone en pie. Ve desfilar rostros y rostros por delante suyo sin reconocer a nadie. Le dan el pésame, lo siento... te acompaño en el sentimiento... cuánto lo siento, de verdad... tienes que ser fuerte... un beso en la mejilla, un apretón de manos... Se siente mareada. Sólo quiere salir corriendo de allí.

Y lo hace. Con la mente. Mientras sigue dando la mano como una autómata, sin saber a quién lo hace, recuerda una escena de su biografía. Es domingo. Su madre lleva puesto un vestido estampado de margaritas amarillas, muy desgastado, pero que la hace preciosa. Está sentada en la hierba, luce un sol espléndido y el viento hace bailar sus cabellos. Está sonriendo. Ella está tumbada en la áspera manta de cuadros, con la cabeza en su regazo. Le acaricia el cabello, con esas manos que sólo las madres tienen. Ambas contemplan a su padre intentando pescar truchas en el río. Está desenredando el sedal cuando se pincha con el anzuelo en el pulgar. ¡Au!  Se chupa el dedo instintivamente mientras les dedica una amplia sonrisa y se encoge de hombros: ¡qué torpe soy!  De vuelta a casa en el viejo 600, se tumba en el asiento de atrás y cuenta las farolas que ve pasar del revés por la ventanilla. En el coche suenan rancheras de Rocío Durcal o rumbas de Los Chunguitos. Eran tiempos felices.

¿En qué momento su familia bajó a los infiernos? Su padre siempre ha sido una persona machista, pero es que se ha transformado en un monstruo. ¡Tantas veces le dijo a su madre que denunciara! Si se hubiera ido a vivir con ella, nada de esto habría pasado. No puede entender cómo hay mujeres que lo aguantan cada día de su vida. No le cabe en la cabeza. Su madre es una persona humilde y sin estudios, pero inteligente. ¿Por qué se ha dejado tratar así?

Mario la coge de los hombros y la conduce suavemente a la salida. Se sube al coche de lujo que las funerarias ponen para estos casos. Todo un cortejo de buitres que hacen la danza del Euro... perdone, señorita, sé que son momentos muy duros, pero tendría que elegir qué tipo de ceremonia quiere... ¿cómo quiere los recordatorios?... ¿le parece bien este poema?... tendría que elegir también las flores, sólo le entran dos coronas pequeñas, el resto son extras... también el ataúd, ¿quiere mirar el catálogo? Le aconsejo este modelo, es el más confortable... ¿Confortable? Si no fuera por lo trágico de la situación, le daría la risa... Por suerte, todo ha acabado.

Por hoy.

En el trayecto a casa, apoya la cabeza en la ventanilla y mira las farolas de la autopista pasar. Como cuando era niña. Saca el móvil del bolso. 128 Whats App. No tengo fuerzas para leerlos. Seis correos electrónicos, uno de ellos, del abogado. Lo abre. Básicamente le dice que la cosa está difícil, pero no imposible. El fiscal, seguramente, pedirá la pena mínima por homicidio: diez años. Es su trabajo. Él, por su parte, solicitará la absolución. No en vano concurren varias eximentes: trastorno mental transitorio, defensa propia y miedo insuperable. Nadie puede culparla. Se cansó de tener miedo. Se defendió. Pero, de momento, su madre tiene que seguir preventiva en el centro penitenciario Alcalá de Guadaira. La maquinaria judicial sigue su curso.

Mañana irá a visitarla. Empieza para ella una nueva y difícil vida, en la que va a tener que vivir con el hecho de haber matado a su marido. No todas las mujeres maltratadas tienen la misma suerte.

martes, 8 de marzo de 2016

La silla en la cocina. Segunda parte.

Fuente: Blog de Beatriz Salas

Lo tiene claro. Mañana mismo lo deja.


Está fregando los platos de mediodía y nota su mirada clavada en la nuca. Hace meses que no se mueve de esa silla en la cocina. Todo el día ahí sentado, sin moverse para nada, excepto para ir al baño. O para quererla, claro.

Aparte del ruido del agua  y del chocar de la vajilla, sólo se escucha el sonido de la navaja al rozar con la madera: ¡tchas! ¡tchas! La pone nerviosa. Con cada chasquido da un pequeño respingo, procurando que no se le note, por supuesto. No hay que hacer nada que pueda enfurecerlo. Pero si el ruido se interrumpe, es peor: contiene la respiración, intentando anticipar si se va a levantar y acercar por detrás, o se trata sólo de una pausa sin más.

Recuerda otros tiempos en los que su casa estaba llena de alegría. Fregaba los platos con la radio puesta y canturreaba coplas, rumbas o bulerías mientras los niños andaban por la cocina, desordenando los cajones en un alegre torbellino. Pepe venía a casa a comer, cansado de conducir tantas horas, pero normalmente de buen humor. Se acercaba por detrás, la abrazaba por la cintura y le daba un dulce y cariñoso beso en el cuello que la hacía estremecerse. ¿Qué hay de comer, nena? le preguntaba mientras, al separarse, le desabrochaba el nudo del delantal, iniciando una divertida rutina que los sumergía en una "pelea" de alegres manotazos, besos y abrazos. A veces, si conseguían que los niños hicieran la siesta, hacían el amor en la cama antes de que Pepe volviera al trabajo. Era algo rápido, mecánico y poco cuidadoso, pero ella siempre pensaba que era porque lo hacían con prisas. Era feliz. Pepe la quería.

¿En qué momento eso cambió? ¿En qué momento los manotazos pasaron a ser de verdad? Él siempre ha sido un poco machista, un hombre de los de antes. Pero su padre también lo era y nunca le puso la mano encima a su madre. Al contrario, se amaron hasta el final de sus días. ¡Ay, su madre! ¡Cómo la echa de menos! ¿Qué pensaría si la viera ahora? Tiene ganas de llorar, pero ya no se acuerda cómo se hace. Se ha quedado sin lágrimas. Le escuece mucho el ojo y tiene terribles dolores de cabeza desde hace días. Al menos, esta última vez no ha sido de las peores. Con diferencia, lo que peor lleva de todo es la vergüenza, tener que inventar excusas que ya nadie cree para justificar sus heridas. Las de fuera. Como aquella vez que le rompió el brazo... Marta se puso furiosa y la convenció para ir a comisaría a denunciarlo. Pero una vez allí no pudo. ¿Cómo iba a denunciarlo y luego volver a casa con él? ¡La mataría! Marta insistía en que se fuera a vivir con ella, pero tampoco puede hacerlo. Sabe que sólo sería un estorbo, una carga más en la vida de su hija, que bastante tiene ya con el trabajo, la casa, los niños...

Los golpes son lo de menos, en realidad. Hay otras cosas que hieren más, con un dolor sordo y profundo. Y luego está el terror. El hecho de vivir en estado de pánico y alerta continua... Por más que lo intenta, no logra encontrar una explicación al cambio de actitud de su marido. Cuando Javi murió, todos murieron un poco. Ella la que más. Tal vez se distanció de Pepe cuando él más la necesitaba. Tal vez lo descuidó. Pero es que se quedó seca de amor. ¿Cómo se supera la muerte de un hijo? No hay día que pase que no tenga un recuerdo para él. A veces es inevitable pensar que si estuviera vivo, impediría que su padre la tratara así. Ya debería ser todo un hombretón. Este diciembre hubiera cumplido 23 años...

No. No hay excusa. Todo el mundo lo pasa mal por diferentes razones. Cierto que el taxi debe ser muy estresante, pero también lo es llevar una casa. Además, el trabajo en la residencia, su única válvula de escape, tuvo que dejarlo porque los celos de Pepe eran insoportables. Se le caía la cara de vergüenza cada vez que le montaba una escena a Ivan, el celador que tan amablemente la traía a casa cada noche, por hacerle un favor. Por más que le explicaba una y otra vez a Pepe que el chico era gay (además de que podría ser su hijo), no había manera: Sí, sí... ¡se hace el maricón! ¡Esos son los peores!

No hay excusa. Pero seguro que hay algo que ella está haciendo mal para hacer que su marido la trate como a un perro. Peor que a un perro. Ese pensamiento la traslada a su infancia, a su casa. A su fiel perro ovejero, Pluto (al que habían puesto ese nombre gracias a la tía Adela, que vivía en un pueblo de Texas, en las Américas, y les había contado, en una visita, que Pluto era el perro más famoso del planeta). Al olor a pan recién hecho, a ropa recién lavada y a flores de eucalipto en los armarios. A las manos de su madre. Recuerda cuando se tumbaba en el pajar con su amiga Amalia y jugaban a adivinar las formas de las nubes. Recuerda que inventaban cómo serían sus vidas cuando fueran mayores. Amalia siempre decía que se casaría con un abogado o un boticario, que viviría en la gran ciudad y que sería toda una señorita rica. Ella, en cambio, aspiraba a estudiar. Quería ser maestra, vivir sola y ser independiente. Nunca imaginó una vida como la que le ha tocado vivir.

Mira la loza enjabonada y la pone mecánicamente a escurrir en la bayeta.Se seca las manos en un trapo de cocina y se da la vuelta. Mira a su marido, ese desconocido, y le pregunta, con la más sumisa y dulce de sus voces, qué va a querer para cenar. Pepe no contesta. La mira fijamente, con esas pupilas desquiciadas, y suspira. Nota cómo el escalofrío del pánico electrifica cada célula de su piel. Asímismo, percibe cómo el fluido cálido e incontrolable mana de entre sus piernas y se derrama lentamente por sus bragas y sus muslos.

Lo tiene claro. Mañana mismo lo deja.

martes, 1 de marzo de 2016

La silla en la cocina

La mira mientras friega los platos. Ve su espalda ancha y su culo rollizo, dónde otrora hubiera unas curvas que lo volvían loco. Su cuerpo se menea al son de los vaivenes del estropajo, tan enérgica en todo lo que hace. Lleva su moño de siempre: un recogido que no tarda más de un minuto en hacerse y del que, a lo largo del día, van escapándose mechones tan rebeldes como ella. Porque la Paca siempre ha sido una rebelde. Bueno, lo era.

La vida no ha sido fácil para ella. No ha sido fácil para ninguno de los dos. Superar la muerte de un hijo es algo a lo que nadie tendría que enfrentarse. Pero nunca ha oído a la Paca quejarse. Es de esas mujeres de campo, fuertes, de manos anchas y mente práctica. A veces cierra los ojos y todavía le parece verla con su único vestido de los domingos, estampado de flores amarillas, la rebeca blanca a los hombros, paseando arriba y abajo de la alameda, del brazo de su amiga Amalia. Él la miraba, sentado en el murete con los muchachos de su cuadrilla. Se cruzaban cómplices miradas y sonrisas veladas, bajo la atenta mirada de sus hermanos mayores. En aquel entonces, ya sabía que sería para él.

Ha pasado mucho tiempo. Buenos momentos y tragos amargos. Toda una vida.

Sentado en la silla de la cocina, se entretiene en tallar una vara con su navaja. No tiene un objetivo concreto. Simplemente, los movimientos, rítmicos y rutinarios, lo ayudan a relajarse. Últimamente está nervioso e irritable, a la que salta. Bueno, últimamente, no: desde hace mucho. Él lo sabe. Y sabe que tendría que remediarlo. Lo que no sabe es cómo hacerlo. Al fin y al cabo, no es culpa suya. Él ya lo intenta. Tiene demasiadas cosas en la cabeza. Su día a día es muy duro. Al principio le pareció una buena idea lo del taxi, siempre le había gustado conducir. Fue uno de los primeros del pueblo en sacarse el carnet. Le gusta rememorar el día en que apareció por la calle de la plaza con su 600 amarillo recién comprado (a muchísimos plazos, por supuesto), en busca de la Paca. Fue la envidia y la comidilla de todo el pueblo. Iba tan ufano y orgulloso como un pavo real. ¡Que todo el mundo supiera lo bien que le iba a Pepe en la capital! Se dio un paseo despacio, con las ventanillas bajadas, presumiendo de coche y de novia, porque la Paca era la chica más guapa del pueblo, de eso no hay duda. Y después, en su luna de miel, recorrieron casi todo el levante con el 600, durmiendo en pensiones sencillas y disfrutando de la arena de la playa en los pies. Eran felices teniéndose el uno al otro, descubriendo juntos las mieles de la vida...

Sin embargo ahora... las jornadas en el taxi eran de dieciséis horas para traer un mísero jornal a casa. La ciudad está llena de paquistaníes de esos, que se han hecho los dueños del taxi a precios reventados. Y tener que aguantar todo el día a los clientes, cada uno con sus historias y sus exigencias... ¡que la gente está muy mal de la cabeza! Tuvo que dejarlo.

Desde entonces se pasa las horas sentado en esa silla de la cocina, viendo la vida pasar. Sólo quiere paz y tranquilidad, un poco de comprensión. Pero la Paca siempre hace algo para estropearlo todo. Al menos, ya dejó de trabajar en la residencia. No le gustaba que andara para aquí y para allá a las tantas de la noche y los fines de semana. Y mucho menos que la trajera a casa aquel compañero suyo. Ella siempre decía que sólo era un compañero. Al fin y al cabo, eso dicen todas, ¿no? Su lugar estaba allí: en su casa, con él; en su cocina. Así es como él es feliz, teniéndola a su lado. No se considera machista, aunque sí de costumbres antiguas. En su casa le enseñaron que es el hombre el que tiene que mantener a la familia. Y aunque él ahora no puede hacerlo, la Paca está dónde tiene que estar.

No lo consiguió así con su hija Marta. Esa sí que salió rebelde de verdad. No entiende su actitud, ni porqué está tan enfadada con él. Ya hace más de dos años que no la ve. La última vez fue en comisaría. Nunca olvidará aquella mirada suya, tanto rencor, tanta rabia... Ese día murió su hija también para él. ¿Cómo pudo traicionarlo así? Sabe que la Paca la ve a escondidas, aunque siempre se lo niega, y eso le pone furioso. Debería saberlo. Y sin embargo, sigue haciéndolo.

Ha acabado de fregar los platos. Se seca las manos en un trapo de cocina mientras se da la vuelta, lo mira y le pregunta qué va a querer para cenar. Aún tiene marcas violetas y azules alrededor del ojo y en la comisura del labio. Por culpa de eso lleva más de diez días sin salir de casa, para que nadie le pregunte. Por lo menos, eso ya lo ha aprendido. La mira fijamente mientras sigue tallando el trozo de madera entre sus manos. Suspira. La quiere más que a nada en este mundo. Lástima que no le quede más remedio que matarla.