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domingo, 24 de mayo de 2015

Yolanda 0.0

Todos los que me conocen bien, saben que soy abstemia. Y cuando digo abstemia, quiero decir abstemia. No me gusta el alcohol. Ningún tipo de alcohol. Ni su olor, ni su sabor, ni sus efectos. Eso me convierte en un bicho raro, lo sé (ya os hablé en un post de la conversación en torno al alcohol que se repite en mi vida cada vez que intimo con alguien, cuál día de la marmota). Se hace aún más raro viniendo de una familia castellano manchega, vitícola y con "matavinos" de mote en el pueblo (por cierto, apasionante mundo el de los motes; un día, me dedico). Aunque a lo mejor es precisamente por eso, porque mis antepasados ya bebieron por ellos y por las quince generaciones venideras.

Distingo las diferentes clases de vino de la misma manera que los hombres las sutilezas de los colores. Y no creáis que no lo he probado, todos tenemos un pasado. Pero, aunque lo intenté, no me sedujo. Me da asco cómo huele y cómo sabe, en particular, el vino, precisamente. Recuerdo que, de adolescente, empeñada en coger una borrachera, me tomaba un Martini blanco con limón (¡guau! ¡qué atrevida! ¿eh?) con una cañita, que decían que así subía más, y cómo no notaba nada, una vez le eché una aspirina y todo... ¡oleeeee! ¡eso sí que fue deporte de riesgo! jajajaja... Bueno, para ser justos, hay que situar mi adolescencia en la época de los 80, quizá así se entienda mejor. Pero nada, que no me emborraché.

Y no beber alcohol en un país como el nuestro... Porque en España, todo lo celebramos bebiendo (y comiendo), y como no somos de celebraaar.... ¿que has aprobado un examen, te han dado un trabajo, te han ascendido, te has cambiado de casa o te has comprado un coche...? ¡una copita!  ¿que has tenido tu primera vez, te ha llamado él/ella para quedar, no te ha llamado, o has quedado o y no ha habido manera de mojar...? ¡dos copitas! ¿que has tenido un hijo, te has casado, te vas a casar, te has divorciado o te vas a divorciar...? ¡tres copitas! ¿que vas a un cumple, una boda, un bautizo, una barbacoa o cualquier otro evento BBC...? ¡unas cuántas copitas! ¿que has acabado los exámenes, has aprobado las oposiciones, has quedado para salir de fiesta, es Fin de Año o San Juan, tu equipo ha ganado la liga, te ha tocado la lotería, te han despedido o se te ha muerto la suegra...? ¡un par de botellas!

Ser abstemia me permite ver los efectos del alcohol desde fuera. Y os aseguro que es divertido y penoso, a partes iguales. Porque, admitámoslo: hay gente que no sabe beber. Y el alcohol vuelve a la gente muuu tonta, muy pesada y muy inconsciente, y, aún a riesgo de que me tiréis la caballería por encima, la imagen de una chica o una mujer borracha me parece mucho más patética y lamentable que la de un hombre, será por influencia cultural.

Contrariamente a lo que mucha gente piensa, el alcohol es una droga más depresora que estimulante. Es cierto que, a dosis pequeñas, desinhibe los mecanismos cerebrales que controlan nuestra conducta, es decir, nos vuelve más "descontrolados", nos activa. Por eso no se tiene vergüenza, te vuelves agudo y divertido, te animas, estás alegre, todo te hace gracia y eres capaz de hablar con cualquiera. Eso, al margen de los numerosos estudios científicos que demuestran que un poco de alcohol durante las comidas, en especial el vino, tiene efectos beneficiosos para nuestro organismo. Pero, pasado ese umbral, diferente para cada persona, el alcohol tiene el efecto contrario: deprime el sistema nervioso, por lo que sueles ponerte triste y melancólico, sin ganas de nada, o enfadado e irritable y viene la parte fea: los llantos, los vómitos, la pérdida de equilibrio y las caídas, el dormirse en cualquier sitio... Y, si se te va mucho la mano, la noche puede acabar fea, fea, con un coma etílico o incluso la muerte.

Podría hacer un post serio y hablaros de la cantidad de impúberes y adolescentes que compran un pack de esos de "Escapada de Fin de Semana", salida: botellón en el parque, destino: servicios de urgencias, todo incluido. O de las barbaridades que hacen muchos, en busca de nuevas sensaciones cuando ya se han experimentado todas las sensaciones del mundo, como el binge drinking  (atracón masivo de alcohol en pocas horas), el eyeballing  (tomar alcohol por los ojos), tomar tequila de forma alternativa (lo cuál no creáis que es algo exclusivo de los jóvenes), o el slimming  (impregnar un tampax de alcohol y ponérselo en la vagina o el ano), todo con nombres muy cool  para designar prácticas muy gilipollas y con consecuencias muy graves.

Podría hablaros también de los falsos mitos sobre el alcohol, tanto sobre sus efectos como la manera de mitigar una borrachera o la resaca. De los efectos y consecuencias en el organismo del consumo abusivo y del alcoholismo, un problema SERIO CON MAYÚSCULAS, que afecta a millones de personas en el mundo.

Pero prefiero quedarme, al menos hoy, con la parte divertida, esa en la que la gente pasa la vergüenza de su vida cuando se ve o se lo cuentan, como debió ser el caso de la meteoróloga de un canal de televisión latino, a la que llamaron de improviso para dar el parte cuando, obvio, estaba en un fiestorro, o de cualquiera de los protagonistas de los infinitos vídeos que hay colgados en YouTube. Para muestra, un botón: no se salva ni Papa Noel.

Personalmente, yo ya llevo la celebración en la sangre. Siempre que he salido de fiesta he bailado como una loca, me he reído y me he divertido a tope, sin necesidad de drogas, ni alcohol, hasta el punto de que más de una vez, en la discoteca, me han venido a preguntar si tenía. ¿Si tengo qué?  ¡Madre mía, qué pardilla era!

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